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EN LAS EXEQUIAS DEL PADRE FRANCISCO ELIAS ARANGO MONTOYA
MENSAJES RECIBIDOS
EN LAS EXEQUIAS DEL PADRE
FRANCISCO ELIAS ARANGO MONTOYA
“Proclama mi alma la grandeza del Señor,
Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador,
Porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
Porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí:
Su nombre es santo,
Y su misericordia lega a sus fieles
De generación en generación…” Luc. 1,45-46
Este himno de acción de gracias brotó del corazón de la Virgen María en la casa de Isabel, su prima, en palabras que florecieron en sus labios y embalsamaron el ambiente familiar con el suave olor de la más exquisita humildad y el más encendido canto al agradecimiento, lo hace suyo hoy la familia Arango Montoya y la familia de los hijos de Monseñor Miguel Ángel Builes, para cantar al Dios de la vida, al Dios del amor, nuestro agradecimiento por el don de la vida que ha regalado al Padre Francisco Arango Montoya, Misionero Javeriano de Yarumal, nuestro hermano, el amigo entrañable.
“Proclama mi alma la grandeza del Señor: porque el Poderoso ha hecho obras grandes. Porque enaltece a los humildes. Porque colma de bienes a los necesitados. Porque auxilia, acordándose de su misericordia...
El Padre Francisco, Pacho, con el apelativo cariñoso, para nosotros sus hermanos, pudo cantar, y lo hizo desde el fondo del alma, que el Señor miró su pequeñez. En Titiribí, la tierra que lo vio nacer, en Envigado, la ciudad de su niñez y de su adolescencia, Pacho encontró un santuario, una escuela y una pequeña Iglesia: fue el hogar que le brindaron Don Vicente y Doña Luisa. Allí aprendió a amar, allí aprendió a creer, allí aprendió a esperar guiado por expertos maestros que más que con los labios le hablaban con el corazón y le enseñaron que hay un Dios-Padre nuestro que está en los cielos que ama y que perdona; que hay una mujer, “bendita entre todas las mujeres” a quien podía llamar, porque lo es: Madre y Señora y a quien podía invocar “ahora y en la hora de la muerte”.
Allí Pacho, niño, como Samuel, escuchó que también a él lo llamaban por su nombre, no sé si en el silencio de la noche o en las travesuras de su infancia, y aprendió a decir, haciendo eco a las palabras del hijo de Ana en el templo: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Y entendió que lo llamaban para que, “dejándolo todo, lo siguiera” hasta el Seminario donde descubrió, guiado por el Padre Aníbal, el Cardenal, desde la Rectoría y por el Padre Gustavo, Monseñor Posada, desde la Prefectura y la Dirección Espiritual, cómo era eso de “dejarlo todo” para seguirlo.
Después de trece años de formación, a él y a nosotros sus compañeros, nos impusieron las manos como a Pablo y Bernabé y nos enviaron. Éramos apenas doce, de los muchos que llegamos al primer año de Seminario en Yarumal. “Vayan” nos dijeron, a Buenaventura, al Vaupés, al Sarare y al Chocó: eran en ese entonces, las eras de la viña del Padre, donde debíamos trabajar por la extensión del Reino y hacer conocer a Jesucristo. A Jesucristo crucificado, muerto y resucitado, como único camino de salvación. Y a lo largo de cincuenta y tres años, continuamos escuchando el mandato: “Vayan”. Hoy aquí, mañana allá y tratamos de ser fieles a la vocación a la que hemos sido llamados y a la entrega de nuestra vida: “al servicio de la evangelización para implantar el Reino de Dios” (Const. Art. 4) a lo que nos comprometimos con la Promesa Jurada de Obediencia “delante de Dios Padre, fuente de amor y movidos por el Espíritu Santo, principio o de santidad y alma del cuerpo místico; bajo la protección de Maria Inmaculada, Madre de la Iglesia, de los santos apóstoles, de San Francisco Javier y de santa Teresita del Niño Jesús”.
Ayer de mañana, Pacho, volvió a escuchar en el profundo silencio en el que lo sumergió el Señor, el mismo susurro suave que escuchó de niño: su nombre, pero esta vez no para el imperativo de ir, sino para la amorosa invitación: “venid, benditos de mi Padre”…”Siervo bueno y prudente: entra en el gozo de tu Señor”.
Es nuestra esperanza segura, “porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”. Por eso: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”.
Los vínculos de la sangre que lo han unido a su familia a la que amó entrañablemente. Los vínculos de amistad y de fe que lo han unido a la familia de los hijos e hijas de Monseñor Builes al que admiró profundamente, vínculos tan fuertes como los de la sangre, no se han roto: el dogma de la comunión de los santos que hoy confesamos, nos mantiene unidos: él en la Casa del Padre, nosotros todavía en la peregrinación de la fe.
Pacho: “¿forma o no forma?” me preguntaste muchas veces, en broma y en serio y yo nunca supe responderte. Ahora que estás tan cerca del Maestro, pregúntaselo a Él y dile en nuestro nombre que si lo que pensamos, si lo que decimos, si lo que hacemos en la formación de los misioneros Javerianos en África, en Asia, en la Zona Andina, en Yarumal la cuna de nuestra vocación misionera, sí forma de verdad y su respuesta susúrrala al oído de los formadores, para que logren cumplir con el mandato de Pío XI de hacer sacerdotes santos, o no hacer nada.
Pacho, hasta luego, mientras tu celebras, allá en el cielo la auténtica Liturgia, palabra nueva, como tu decías, citando a Manuelito, ayúdanos con tu intercesión a celebrar aquí en la tierra la liturgia del amor y de la fraternidad hasta cuando todos juntos cantemos las misericordias del Señor, en la casa del Padre. Amén
MENSAJES RECIBIDOS
Recibimos con tristeza la noticia del fallecimiento del P. Francisco Arango. Me uno a todos lo javerianos, familiares y amigos de Pacho para ofrecer oraciones por su descanso en la paz del Señor. Fue un hombre especial y sus últimos días no fueron de acuerdo a su estilo. Así muchos veíamos que Pacho se nos estaba yendo.
Que el Señor Jesús premie sus trabajos y entrega misionera y su gran amor por la Santísimo Virgen.
Oscar Lopera Villa.
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