¿Una ética IMEY?
Jesús E. Osorno G. mxy
He ido leyendo, madurando en mi espíritu el documento último del Consejo General llamado “Orientaciones y normas para la atención pastoral de miembros del Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal en algunas situaciones particulares”. Me surgen de su lectura muchas preguntas, inquietudes, preocupaciones. Quiero aprovechar la cláusula del documento que nos pide o autoriza al menos, nuestros puntos de vista.
1. Observaciones
1.1. La primera observación que podría surgir es la falta de originalidad del documento. Es remedo, por no decir copia de algún documento de otro instituto, o sociedad de vida apostólica de donde lo han tomado aplicándolo sin más al nuestro. Nosotros tenemos estilo, lenguaje, hábitat propios. Pueden ser idénticos los problemas, pero el tratamiento tiene que ser diferente.
1.2. Una segunda observación más preocupante: Es un documento sin vida, sin alma, sin amor. Se trata sólo de un listado de leyes, códigos, hábitos, normas, doctrinas tan escuetas, tan simplistas, tan torturantes al lector, que es casi una degradación de humanidad. Yo que estuviese afectado o comprometido en algún caso de los que ahí se menciona, me sentiría ofendido sustancialmente con su lectura. Un listado de esta naturaleza tan fríamente expuesto, no cura, no sana, no reconcilia, simplemente tortura, amarga y destruye. Con este documento nuestro Consejo entra en la vía de la involución que desgraciadamente se expande como virus en la Iglesia.
1.3. Una tercera y última observación: Este documento da pie a un régimen de “GESTAPO” increíble en el IMEY. Tanto el Consejo General como cualquier otro tipo de superior, sobre todo, los formadores, manejarán lupas cada vez más grandes en el seguimiento, que se volverá persecución, cacería de brujas, a cualquier indicio o prejuicio sobre situaciones ad casum de nuestros colegas.
Para atender estas situaciones en el extremo en que lo plantean nuestros caros Superiores de la casa Perú con la Oriental en Medellín, tendrán muy poco tiempo para atender las reales necesidades de los miembros del Instituto, al menos para escucharlos, pues van a dedicar su tiempo a mirarnos, explorarnos, develarnos, juzgarnos, para caer sobre nosotros con todo el rigor de su documento, perdiendo de nuestra parte todo signo de confianza en Ellos, y creando en el IMEY un clima infame de desconfianza, de temor, de persecución. ¡“Oh tempora, oh mores!”
2. Preguntas
2.1. La primera tiene que ver con el voto de pobreza. Si yo, hombre de pecado, puedo caer en un problema de pedofilia o debo asumir una paternidad responsable y soy llevado a los tribunales, bien por el hecho concreto, bien por calumnia como ha sucedido tantas veces, incluidos cardenales de la Santa Madre Iglesia, debo pagar por mi cuenta todo, esto me dice que debo tener un capital para estos gastos que me exige cuenta bancaria, una renta y demás arandelas de mercado. Esto tendríamos que extenderlo a grupos de javerianos porque, al menos, hoy día como andan las cosas, nadie está libre de una situación pecaminosa y/o calumniosa de esta naturaleza. Entonces, ¿Cómo respondo? ¿Cómo me financio? ¿Aumenta la cuota? ¿Cómo entra esto en el presupuesto personal y en el del IMEY?
2.2. Una segunda pregunta es ésta: “Somos el grupo que busca al Señor”. Somos una comunidad: Hermanos, solidarios, amigos, corresponsales, partícipes de la misma mesa, de la misma opción, del mismo compromiso. Esto no excluye que podamos fallarle a la comunidad, por ende a los hermanos. Este barro que llevamos dentro o del cual somos hechos, puede hacernos resbalar en cualquier momento. Entonces, ¿Botamos al hermano, lo repudiamos, lo denigramos, lo marcamos, lo condenamos, lo ignoramos? Me pregunto, ¿Mi familia haría lo mismo conmigo si yo caiga en alguno de estos casos tan repudiantes? El tratamiento que se da en el documento es lo menos acogedor, humano, caritativo, evangélico que se pueda tener conocimiento. Sale de una entraña avinagrada, legalista, puritana.
2.3. Una tercera y última pregunta. En la página 8, numeral 1.1.2 El Consejo debe exigir una carta de deslinde de responsabilidades con Misioneros de Yarumal en cualquier caso personal de abuso sexual”. ¿Esta carta es antes, es en o es después? ¿Es una carta que me descalifica ante el IMEY y con ella quedo marcado in aeternum? ¿No estaremos dividiendo al IMEY en puros e impuros? ¿Los marcados con la carta y los sin la carta? Cuáqueros y pecadores. ¿Esto será un asunto de conciencia, o será a dedo cuando los Superiores así lo juzguen conveniente para lavar la mácula en el santo tabernáculo de la Institución, así soñada y querida?
3. Algunos presupuestos que me gustaría dialogar.
3.1 El concepto de moral. Es aquí donde está el meollo de la problemática a tratar. Hago una síntesis de la doctrina de M. Vidal y de L. Boff sobre el particular. Ética y moral no son sinónimos. La ética es parte de la filosofía. Considera concepciones de fondo, principios y valores que orientan a personas y sociedades. Una persona es ética cuando se orienta por principios y convicciones. Decimos entonces que tiene carácter y buena índole. La moral forma parte de la vida concreta. Trata de la práctica real de las personas que se expresan por costumbres, hábitos y valores aceptados. Una persona es moral cuando obra conforme a las costumbres y valores establecidos que, eventualmente, pueden ser cuestionados por la ética. Una persona puede ser moral (sigue las costumbres) pero no necesariamente ética (obedece a principios).
Estas definiciones, aunque útiles, son abstractas porque no muestran el proceso, cómo surgen efectivamente la ética y la moral. Y aquí los griegos pueden ayudarnos. El más antiguo uso de ‘éthos’ en griego aludía al significado de “residencia”, “morada”, “lugar donde se habita”. Este significado ha sido recuperado por la reflexión filosófica moderna, sobre todo de Heidegger, al utilizar el ‘éthos’ para referirse a la “morada del ser” o al “estilo humano de morar o habitar”.
Partimos de una experiencia de base, siempre válida, la de la morada entendida existencialmente como el conjunto de las relaciones entre el medio físico y las personas. Llaman a la morada, \"ethos\" (con e larga en griego). Para que la morada sea morada, hay que organizar el espacio físico (cuartos, sala, cocina) y el espacio humano (relaciones de los moradores entre sí y con sus vecinos) según criterios, valores y principios para que todo fluya y esté como se desea. Eso da carácter a la casa y a las personas. Los griegos también llaman a esto \"ethos\". Nosotros diríamos ética y carácter ético de las personas.
Además, en la morada, los moradores tienen costumbres, maneras de organizar las comidas, los encuentros, modos de relacionarse, tensos y competitivos o armoniosos y cooperativos. A esto los griegos también lo llamaban \"ethos\" (con e corta). Nosotros diríamos moral y la postura moral de una persona.
Sucede que esas costumbres (moral) forman el carácter (ética) de las personas. Winnicot, continuando a Freud, estudió la importancia de las relaciones familiares para establecer el carácter de las personas. Éstas serán éticas (tendrán principios y valores) si han tenido una buena moral (relaciones armoniosas e inclusivas) en casa.
Los medievales no tenían las sutilezas de los griegos. Usaban la palabra moral (viene de mos/moris) tanto para las costumbres como para el carácter. Distinguían la moral teórica (filosofía moral), que estudia los principios y las actitudes que iluminan las prácticas, y la moral práctica, que analiza los actos a la luz de las actitudes y estudia la aplicación de los principios a la vida.
La moral tiene necesariamente que ver con el modo de arreglar “nuestra casa”, el modo de vivir nuestras relaciones fraternas, la convivencia. Es el llamado ‘espacio humano’. ¿De qué moral hablamos en el IMEY si estas dos cosillas no andan en orden, este ‘éthos’ IMEY no funciona? Entonces nos vemos obligados a multiplicar las condenas y a establecer un régimen persecutorio.
Ranher sale en mi ayuda cuando distingue moral de moralismo y nos pide una “moral sin moralismo”. La exhortación apostólica Catequesi Trademdae pide que la catequesis “supere todo moralismo formalista, aun cuando incluya una verdadera moral cristiana” (52).
Cito un párrafo de M. Vidal: “La reflexión teológica-moral actual pone un particular empeño en proponer una correcta articulación de la “Fe” y de la “Moral” en el conjunto unitario de la existencia cristiana. El creer no es reductible al compromiso moral. Pero, por otra parte, no tiene sentido una fe que no conlleve una serie de decisiones empeñativas. Para un cristiano no tiene sentido ni el “moralismo” vaciado y vaciador de lo religioso ni el “supranaturalismo” vaciado y vaciador de lo moral. Bastantes defectos del pasado y del presente tienen su explicación en una educación que por exceso (moralismo) o por defecto (amoralismo) no ha situado de modo conveniente la moral dentro del conjunto del mensaje cristiano” (M. Vidal, Moral de actitudes, I, Moral fundamental, Madrid 1999, p. 187, 193).
Juan Pablo II ha recordado la postura teológica y pastoral de San Alfonso como la forma de superar el rigorismo moral jansenista. Cita algunos de sus aportaciones: “Yo repruebo ciertos rigores…que sirven para destrucción y no para edificación”. “No debemos imitar a Jansenio, sino a Jesucristo” (J. P. II Carta apostólica con ocasión del centenario de la muerte de San Alfonso María de Liborio, Ecclesia nn. 2.333/34, 22 y 29/06/87, p. 20-21).
Jesús nos revela el misterio de un Dios que está muy alejado del rigorismo moral. “Te doy gracias Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los entendidos, se la revelaste a la gente sencilla” (Mt 11, 25). El Dios revelado en Cristo no impone “cargas” ni “yugos”: “Acudan a Mi, los que andan cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy tolerante y humilde, y se sentirán aliviados” (Mt 11, 28-29).
José Luís L. Aranguren distingue la “moral pensada” de la “moral vivida”. La moral pensada es la moral normativa, reglamentada, codificada, con leyes punitivas, con castigos previstos. Es la que nos da el documento en referencia. La moral vivida es aquella que se confunde con la vida, que le da a la vida ritmo, peso, categoría, cualidad, altura, riesgo, pasión. Es fuente y corriente de dinamismo. Es la misma vida que nos trae Jesús en su Evangelio (Cfr Jn 10, 10).
Si la moral proclamada en el documento fuera vida, sería algo que nos invitaría a la felicidad, más aún, nos la daría. Tenemos derecho a ser felices en el IMEY. Y nos daría mucha paz. Pero en ese documento no hay asomo de felicidad. Todo es tortura, castigo, persecución, división, desconfianza. Ese tipo de moral no nos sirve para nada. No construye el IMEY que queremos. El documento pareciera optar por una ética disyuntiva “Yo o el Otro”, el Instituto o el misionero. Por el contrario, hoy quisiéramos buscar nuestra propia realización en el Instituto desde una ética conjuntiva “Yo y el Otro”, el IMEY y cada uno de sus miembros.
3.2. Un segundo presupuesto que me gustaría plantear es la ampliación del concepto Justicia. El documento lo menciona alguna vez, por ejemplo, numeral 26.a. Resumo acá el pensamiento magistral del P. Tony Mifsud, s.j.
La justicia. En el Antiguo Testamento, el término hebreo que corresponde a la palabra justicia (sedaqab) tiene dos significados fundamentales: a) una relación no primariamente jurídica sino comunitaria que indica una actitud fiel, leal y constructiva respecto a la comunidad; y b) un estado de salud comunitario por el que el individuo se encuentra viviendo dentro de una red de relaciones públicas armoniosas. Por consiguiente, la justicia bíblica dice relación a la fidelidad, a la comunidad o la solidaridad con la comunidad. El ser justo no se mide por normas jurídicas sino por las exigencias concretas de relaciones de comunión con Dios y con las personas humanas.
Señalo dos elementos fundamentales e importantes para nuestra vida como javerianos: a) Nuestra relación comunitaria. Muchos de nuestros problemas afectivos, depresivos que buscan canales de solución fuera de nuestro compromiso celibatario, nacen de este déficit de relaciones comunitarias. Y b) Nuestra salud comunitaria que “lleva consigo una red de relaciones armoniosas”. Más que documentos fatalísticos necesitamos esa red armoniosa entre súbditos y superiores, entre colegas, en las fraternidades.
Sigo con el Padre Mifsud: En el Nuevo Testamento, el ser justo se identifica con el hacer la voluntad del Padre, revelada en las palabras de Jesús (Mt 7, 21-27). La justicia es la opción por asumir un estilo de vida según las enseñanzas de Jesús; la construcción de una nueva sociedad de hermanos y de hermanas en Jesús, de aquellos que desean cumplir la voluntad del Padre (Mc 3, 35). Por ello, practicar la justicia consiste en amar a Dios en el otro y el otro en Dios (Mt 22, 36-40).
En San Pablo, la justicia de Dios consiste en la actividad salvífica, misericordiosa y fiel de Dios por la humanidad ( (Rm 3, 21-26; 2 Cor 5, 21; Ef 4, 24; Fil 3, 9). La justicia de Dios es la invitación a una liberación total del ser humano para una comunión con Dios y con los hermanos, formando una sociedad nueva (1Cor 12, 27). Esta comunidad cristiana, en la que reina la justicia dada por Dios, se destaca por un amor sincero hacia el otro, una alegría en la esperanza, una práctica de hospitalidad, un humildad capaz de compadecerse frente a la necesidad del otro, con una constante disposición hacia el bien ( Rm 12, 9-21). Es un estilo de vida que no se acomoda a los criterios de este mundo, porque busca siempre discernir lo bueno y lo agradable según la voluntad de Dios ( Rm 12, 2).
En la Sagrada Escritura, la justicia es “la garantía de un espacio de relaciones que edifican y conservan la comunión-comunidad de los hombres con Dios y entre sí. Por tanto, la justicia de Dios coincide con su acción salvífica, mediante la cual Dios crea su familia y la sociedad nueva de los que creen en Él, haciéndolos justos, en decir, capaces de comunión, y liberándolos del pecado, que es egoísmo y violencia, impedimento para la comunión con Dios y con los hermanos. Por tanto, la justicia entre los hombres no es sólo cuestión del homo oeconomicus o politicus, sino un milagro de la gracia misericordiosa y liberadora de Dios”.
A nuestros superiores, incluidos los ecónomos, les importa mucho el asunto económico de toda esta problemática. Las personas importamos poco. El seguimiento y acompañamiento casi nada. La sanación interior es capítulo aparte. La justicia es meramente retributiva y no “este milagro de la gracia misericordiosa y liberadora de Dios”.
En la ética cristiana, el concepto de justicia ha sido recogido por Santo Tomás de Aquino, siguiendo el pensamiento de Ulpiano, definiéndola como “el hábito según el cual uno, con constante y perpetua voluntad, da a cada uno su derecho” (Suma Teológica, II – II, q. 56, art. 1: “habitus secundum quem aliquis constanti et perpetua voluntate jus suum unicuique tribuit).
En sentido cristiano, esta opción, por dar a cada uno según le corresponde en derecho, es la primera exigencia de la caridad como reconocimiento de la dignidad y de los derechos del otro. La justicia es la puesta en práctica de la caridad (P. Tony Mifsud, s.j. P. Tony Mifsud, s.j. en su artículo “De Caín a Jesús: Una indignación ética constructiva” en el libro “Memoria y testigos de Guatemala”, Mons. Julio Cabrera O., Ediciones San Pablo Guatemala 2001 p 224-225-226).
La nueva comunidad, en su estatuto de fundación, posee un código que se resume en un único mandamiento, que sustituye a la ley antigua: El amor. ¡Cómo vivir esta realidad de la justicia en el IMEY como expresión última de la caridad! Sin este presupuesto en nuestra vida de comunidad, caemos en la tentación de la acumulación de la normativa y en un casuismo que destruye todo espíritu para quedarnos en la ley.
Necesitamos el amor. “Un amor, pues, creativo (que no mira los méritos de las personas). Un amor que debe llegar hasta dar la vida. Un amor que se traduce en el servicio al hombre (Jesús ha lavado los pies a sus discípulos). Un amor que elige la debilidad, rechaza cualquier forma de violencia, respeta la libertad, promueve la dignidad, reprueba cualquier discriminación. Un amor desarmado que se revela más fuerte que el odio” (A. Pronzato).
Hasta las filosofías orientales nos hablan lenguajes nuevos, diferentes en este campo. Buda en su famoso ‘Sendero Óctuple’, guía de pensamiento y conductas “correctas”, nos indica una brújula moral que conduce a una vida de sabiduría (rectitud en la comprensión y la intención), virtud (rectitud en el lenguaje, la conducta y los medios de subsistencia) y disciplina mental (esfuerzo, atención, concentración).
3.3. Un tercer y último presupuesto lo quiero basar en el concepto de Dios que manejamos en el IMEY. Parto de algo evidente: El concepto de Dios que maneja el documento en mención es el de Juez pero con cara de policía perseguidor, implacable, deshumanizado.
El gran teólogo moralista M. Vidal parte de un presupuesto simple: “La fe en Dios y el comportamiento moral son dos magnitudes indisolublemente unidas en la vida del creyente. No solamente coexisten, sino que mutuamente se condicionan y se construyen. A esta relación le cuadra bien la sabiduría del dicho popular: “Dime qué imagen de Dios tienes y te diré qué tipo de moral practicas”, y viceversa: “Dime qué tipo de moral vives y te diré qué idea de Dios tienes”.
En el Génesis, Dios nos hace a su imagen y semejanza. Pero se lo hemos retribuido al por mayor. Cada uno lo vamos haciendo a nuestra propia imagen. La Neoescolástica nos proyectó una imagen de Dios como el “Dueño” de la realidad y como “Juez” de las acciones humanas. De ahí brota una moral preferentemente legalista y objetivista. Pero es a Ranher y H. U. Von Baltasar a quienes debemos la comprensión de una imagen personalista de Dios. Así da lugar a una orientación también personalista en la moral cristiana. Esto influyó en el Vaticano II y en la praxis moral de los/as cristianos/as en el postconcilio.
¡Cómo influye en nuestra vida, actitudes y comportamientos la imagen que tenemos y proyectamos de Dios! Nuestras obras son un remedo de esta imagen. Me gusta intercambiar criterios sobre la imagen que tienen los javerianos acerca de Dios. Encuentro muchos vacíos, imágenes recortadas, endosadas a ideologías y prácticas ya superadas o poco confiables.
Cada época tiene sus prejuicios y sus dificultades para percibir desde la fe el misterio de Dios. Entenderlo como Padre (Abbá) que se nos revela en Jesucristo y nos comunica su Espíritu es un proceso largo, difícil, viciado de mil errores y malentendidos. Si estudiáramos la caminada espiritual del IMEY desde este principio Dios y nuestra práctica de comunidad y de evangelización, veríamos páginas tristes, conciencias torturadas, víctimas de persecuciones, malas interpretaciones, prejuicios, condenaciones, desafectos, calumnias. Esto leído desde una vida de familia, de fraternidades, deja todavía heridas más hondas. ¡Y todo a nombre de Dios!
“En principio y a fin de cuentas, nosotros tenemos miedo de anunciar al hombres de hoy el Misterio más profundo, más santo y liberador de su existencia, que le redime del miedo y de la auto-alienación, misterio al que llamamos «Dios». Nosotros debemos mostrar al hombre de hoy, por lo menos una vez, el comienzo del camino que conduce de una forma creíble y concreta hacia la libertad de Dios. Allí donde el hombre no ha tenido la experiencia por lo menos inicial de Dios y de su Espíritu, experiencia que libera al hombre de su angustia vital y de su culpa más profunda, no necesitamos anunciarle las normas morales del cristianismo. Ese hombre podría no entenderlas; esas normas podrían presentársele a lo más sólo como unos motivos de imposición más dura y de angustia más profunda. ¿Y cómo lo hacemos en el IMEY?
“Cuanto más profunda es la experiencia de Dios, más radical es la experiencia de la fraternidad y de la solidaridad” (Documento CLAR).
Según es nuestra teología es nuestra relación de fraternidad y la idea de comunidad que vamos tejiendo entre nosotros. Me pregunto con un gran autor contemporáneo: “¿Merecía la pena dar tanto y recibir tan poco? Mucho o poco, redes de Pedro o monedas de Mateo, pero lo hemos dejado todo, hemos dejado todo lo que podíamos haber sido en una familia, una profesión, una independencia, una existencia más alta o más baja, pero propia, personal, lograda. ¿Y qué hemos conseguido? Soledad, sequedad, algún triunfo, muchos roces, grandes promesas y escasas realidades”. Es muy preocupante que el IMEY no satisfaga nuestras inquietudes más hondas, no plenifique nuestro espíritu y nos mantenga más bien en zozobra.
Ojo mis caros Superiores: Con estos documentos que nos están enviando no nos están dando ninguna respuesta a problemas tan hondos como los que estamos padeciendo en este mundo de la postmodernidad. Ustedes parecen estar encerrados en un castillo de naipes. El IMEY necesita correctivos desde ustedes y con ustedes. Pero estos correctivos tienen que ser en línea de amor, de acogida, de escucha, de diálogo…Ustedes se quedaron en la modernidad: Fríos, calculadores, esquemáticos.
Nos mandan estas cosas como lavándose las manos, como diciendo, ya cumplimos. No basta. También necesitamos el testimonio de ustedes. Necesitamos que nos digan cuál es el IMEY que queremos, que soñamos, que anhelamos y con qué medios lo podemos lograr. No bastan las imposiciones bajo un concepto trasnochado de obediencia. Por Dios, escuchen el dolor del IMEY.
Conclusiones. 1. Nadie está autorizado a deducir de mi artículo el que yo proclame la connivencia en el IMEY de conductas amorales, permisivas, pecaminosas, atentatorias de la dignidad sacerdotal y celibataria. ¡Jamás! Tampoco estoy abogando por la pérdida de una significación ética en el Instituto. Lo que estoy proclamando es la diferencia entre pecado y pecador, entre culpa y culpable, entre tratamiento y condenación, entre un IMEY hecho y un IMEY por hacer. El oficio de Dios es perdonar. El de los moralistas, condenar. El de los superiores, comprender.
Estoy defendiendo cierto derecho a la misericordia, cierta “empatía compasiva” para solidarizarme con los débiles del IMEY que me exige respeto de cada uno de mis hermanos, defensa de sus derechos dentro del IMEY, derechos que conllevan deberes, pero ambos deben crecer en un mutuo equilibrio y ejemplar responsabilidad.
2. El que aparezcan hechos concretos de situaciones anormales en el IMEY exige de nuestra parte, como Institución, como hermanos y compañeros, un trabajo serio, maduro de una pastoral preventiva sacerdotal, exigida, perseverante, generosa, acogedora, respetuosa, fraterna, amistosa. Cuando nos ordenan no nos colocan en ningún nicho ni en letanías de ningún santoral.
No es lo mismo ser ordenado sacerdote hoy, siglo veintiuno, que haberlo sido en las décadas del cuarenta, sesenta, ochenta del siglo pasado. Esta diferencia no se ha entendido en el tratamiento a nuestros hermanos más jóvenes, en su acompañamiento, en su caracterización, en su problemática diferente, absolutamente diferente a la de nuestros mayores, en su psicología, incluso, en su axiología. No basta la férula de la obediencia proclamada ciegamente. Hay mucha responsabilidad de nuestros superiores en las situaciones anormales que padecen hoy muchos de los nuestros. Y mucha responsabilidad de nuestras fraternidades. El “mea culpa” es comunitario.
Me gusta el pensamiento de Ricoeur, para quien la identidad ontológica y ética del “Yo” se descubre y se comprende desde la afirmación del “Otro”. Más importante todavía para el discurso ético de la inclusión es la postura de M. Lévinas, para quien la filosofía primera se convierte en ética, y ésta, en afirmación apasionada del “Otro”, y éste, entendido como el alejado y el excluido. Yo, javeriano, que he optado radicalmente por Cristo en los más pobres y excluidos, debo comenzar por casa. Ese es mi dolor, mi lucha: ¡Cómo armonizar lo “ideal” con la aceptación de mi propia fragilidad humana, histórica y biográfica!
3. Todo esto nos exige una profunda ascesis espiritual, una radicalización honda en nuestro ser sacerdotal, misionero, javeriano. Nos estamos quedando con los efectos, con las burbujas y, dentro, muy dentro, hay algo que no funciona y a lo que no se le está dando importancia.
Creemos que nuestra convivencia es de paz y de armonía. ¡Mentiras! Creemos que estamos bien. ¡Mentiras! Creemos que nos estamos escuchando, pero es un diálogo de sordos o de mudos o de gentes atiborradas de mil problemas. El tener problemas no es ninguna situación anormal. Es de gente común. La anormalidad está en no querer afrontar dichos problemas, en rasgarse las vestiduras por develarlos, en condenarlos por descubrirlos. Somos una familia. Hemos perdido este hábitat de hogar que es calor, acogida, bendición, sabiduría, fuego, entusiasmo, aceptación gozosa.
El mensaje final de Aparecida nos trae dos párrafos que nos vienen bien en esta caminada ético-moral-familiar:
“La alegría de ser discípulos y misioneros se percibe de manera especial donde hacemos comunidad fraterna. Estamos llamados a ser Iglesia de brazos abiertos, que sabe acoger y valorar a cada uno de sus miembros. Por eso, alentamos los esfuerzos que se hacen en las parroquias para ser «casa y escuela de comunión», animando y formando pequeñas comunidades y comunidades eclesiales de base, así como también en las asociaciones de laicos, movimientos eclesiales y nuevas comunidades.
Nos proponemos reforzar nuestra presencia y cercanía. Por eso, en nuestro servicio pastoral, invitamos a dedicarle más tiempo a cada persona, escucharla, estar a su lado en sus acontecimientos importantes y ayudar a buscar con ella las respuestas a sus necesidades. Hagamos que todos, al ser valorados, puedan sentirse en la Iglesia como en su propia casa”. Y añado: En el IMEY como en nuestra propia casa.
Que el IMEY sea mi “casa, mi escuela, mi taller” de comunión, de espiritualidad, de fraternidad, de solidaridad, de felicidad, de convivencia abierta y plural es lo que se busca en la perspectiva de un nuevo IMEY. Allá apuntamos. Allá queremos llegar, estar, ser.
Cochabamba 01.06.07
jesús e. osorno g. mxy
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