Constituciones: Evangelio Vivo
Jesús E. Osorno G. mxy
Introducción
Las Constituciones actuales del IMEY tienen como fecha de su aprobación, el nueve de enero de 1.988. Se van a cumplir veinte años de una caminada que celebraba el primer centenario del nacimiento de nuestro Padre Fundador, es decir, de su presencia paternal entre nosotros, viva, actuante, acuciante. Son fechas de historia. No tanto de un pasado, cuanto de un presente dinámico, intrépido, visionario, tortuoso, agitado entre luces y sombras.
Los últimos veinte años del IMEY corresponden a uno de sus períodos más fecundos y por lo tanto, dolorosos, cruentos, esperanzadores. ¡Cómo quisiéramos retomar los hitos históricos de este período, segundo a segundo, paso a paso! Las Asambleas Generales del 90, 96, 2002, han dejado heridas incurables en algunos, han sembrado esperanzas inéditas en muchos y en todos, “visiones y sueños”, heredados de la Profecía y visión planetaria del Santo Fundador.
La dinámica o patología de estos veinte años de historia IMEY, tienen su raíz en las Constituciones. Ellas son brújula, herencia, energía, espíritu, vida, fuego, hábitat, pedagogía, vademécum, armonía. Diez palabras para decir simplemente, nuestra IDENTIDAD. Y esta palabra define el SER como ésta, a su vez, define el qué-hacer.
Surge una pregunta rápida: ¿Está clara en nuestras Constituciones la IDENTIDAD del IMEY? Es tan grave el problema que cada javeriano tendría una respuesta distinta. El sexenio de gobierno del 90 al 96 es testigo de esta afirmación. A esta situación, que no es sencilla, se plantea ahora la “actualización” de nuestras Constituciones.
Voy a desgranar algunos criterios sobre este particular.
1. “La misión renueva la Iglesia”
Esta afirmación de Juan Pablo II (RM 2) ha pasado un tanto inadvertida en nuestro Instituto. Somos hijos de la novedad y nos acurrucamos empecinados en lo repetitivo, lo ritual, lo pasado, lo anacrónico. Pareciera ésta una enfermedad genética entre nosotros. ¡Y somos la novedad! Eso es la Misión. La Santa Trinidad es Misión. La Iglesia es Misión. Nosotros somos Misión. Pues bien, este término tan simple lleva consigo la fuerza creadora, transformadora del amor, un amor que recrea y genera permanentemente lo nuevo, “tierra y cielos nuevos”.
Misión y juventud se identifican. Al mismo Juan Pablo II le gustaba decir que “los jóvenes son los primeros misioneros” y que “la juventud renueva la Iglesia”. Con un gesto de sencillez profunda añadía: “Ustedes los jóvenes renuevan al Papa”. Los términos ‘juventud’, ‘cambio’, renovación’, ‘transformación’ van de la mano con la Misión. Son su nota característica.
Entre los documentos del Vaticano II, el documento Ad Gentes es el que más ha evolucionado en este período postconciliar. Es la evolución natural de la Misión lo que es igual a la evolución natural de la misma vida. A un mundo que cambia tan rápido, la Misión debería salirle al encuentro. Quedarse atrás es perder el tren de la Historia. Los desafíos de humanidad nos sobrepasan. El reto de la Misión es abrumador. Los horizontes se pierden en el infinito. A toda esta carga de pasión, sufrimiento humano, lucha esperanzadora no se responde con paliativos, con pañitos de agua tibia, con discusiones bizantinas, con increpaciones de bajo tono.
No basta “renovar” las Constituciones. Podemos tener las mejores de la historia de la Iglesia y seguir lo mismo. Si no hay un cambio de mentalidad en el IMEY como nos lo exige Pablo (Rm 12, 2) para llegar a “una mentalidad de cambio” como lo aconseja Pablo VI, no valdría para nada tocar lo que tenemos. Si no nos dejamos embriagar, embrujar, torturar, quemar por la Misión, nuestras Constituciones serán letra muerta.
El Instituto ha superado ya, al menos geográficamente, su endemia provinciana y parroquial. Nuestros misioneros han desandado caminos que cruzan todos los continentes al encuentro de múltiples culturas, religiones, espiritualidades, pobreza, arte y poesía. Es necesario socializar tanta riqueza. Así las Constituciones no obedecerán a visiones unilaterales, sino a un criterio amplio de pluralidad. También deberían tener estatura planetaria.
Hay asignaturas pendientes en el IMEY. La Misionología, la Teología de la Misión, la etnología, la semiótica, la historia de las religiones, etc., etc., nos siguen esperando, llamando, convocando. Las Constituciones necesitan todo este marco referencial, contextual. No se trata de un snobismo. Es una exigencia de vida que asegura el crecimiento, la madurez, la plenitud.
En este punto propongo: 1. Que las Constituciones digan, hablen sobre el proceso de actualización de sus miembros. 2. Que se priorice el estudio de la Misionología, de la teología de la Misión y de las ciencias afines a nuestro carisma como antropología, etnología, etc., a cualquier otra especialización. 3. Que se establezca el “año sabático” para todos los miembros del IMEY y durante ese año se organicen tiempos fuertes y programados de renovación espiritual, intelectual, comunitaria y descanso.
2. El Fundador
Las Constituciones tienen, deberían tenerlo, el sello, impronta, talante, carisma, espíritu, celo, vida del FUNDADOR. No se entenderían sin esta fuerza inspiradora. Somos hijos de un Soñador, de un providencialista, de un contemplativo de corazón universal, de un enamorado ciegamente de la Misión.
Los Fundadores prenden una chispa, avizoran un horizonte, marcan un ritmo, definen unos principios mínimos y dejan el resto a la acción del Espíritu expresada en la iniciativa y creatividad de quienes han recibido este mismo llamado en cada época o situación histórica. Los fundadores vivieron ‘su tiempo’ y nos impulsaron en tal forma, que nosotros pudiéramos vivir su legado con su mismo espíritu, pero renovado.
El fundador es como una semilla que luego revienta en floración. De ese germen primigenio participamos por opción. El carisma fundacional no se mide ni por la santidad del Fundador, ni sufre mengua por sus fallas, sino que Dios elige a Alguien con amorosa solicitud, aún partiendo del presupuesto de sus múltiples limitaciones, a quien va puliendo en el crisol de la cruz, para desarrollar su Plan de Salvación en un determinado campo de actividad evangelizadora. Dios cuando nos elige no examina nuestras virtudes, sino nuestra disponibilidad. Con mayor razón esto vale para los fundadores.
El Fundador es una respuesta de Dios a preguntas de humanidad. La actualización de esas preguntas es permanente y acelerada. Nuestras respuestas no pueden esquivar los problemas actuales. A la actualización de las preguntas responde nuestra propia renovación. Sólo así somos la actualización del Padre Fundador.
En este punto propongo: 1. Que el Fundador tenga un capítulo propio en las Constituciones donde se destaque su mística, su amor a la Iglesia, su fidelidad, su profetismo, su pasión por la Misión, su piedad popular y otros rasgos de su santidad. 2. Que sepamos distinguir entre santidad ‘canonizable’ y santidad de vida. 3. Que el Directorio tenga claro que somos la “actualización” del Fundador y no repetidores ni de su tiempo, ni de su teología, ni de su misionología, ni de su visión histórica. Aún su espiritualidad debe contar con la flexibilidad de la inserción y desafíos del momento.
3. Artículo cuarto de nuestras Constituciones
Es la columna vertebral de este organismo eclesial que llamamos IMEY. Define su identidad. Vamos a llegar a una edad que supone adultez, madurez: Los ochenta años de vida institucional. La andadura ha sido larga, difícil, lacerante, apasionante. Como todo ser humano hemos tenido momentos de crisis, muchas de ellas salvadoras, y momentos de extrema plenitud. ¿Quiénes somos? La pregunta es sencilla. La respuesta complicada.
No es suficiente decir que “somos una sociedad de vida apostólica” como lo insinúa el artículo primero de nuestra normativa. El artículo primero describe en general lo que puede ser una “Sociedad de vida Apostólica”. El problema se da cuando queremos definir el “fin específico” de esta Sociedad de vida Apostólica que somos los Misioneros Javerianos de Yarumal.
He sido crítico de este artículo desde que estoy leyendo, meditando, orando las Constituciones. Lo digo abiertamente: No me satisface. No llena mis aspiraciones. Peor, no me convence. Decir que “El fin específico del Instituto es consagrarse al servicio de la evangelización, etc.…”. Eso lo puede decir cualquier grupo de agentes de pastoral que viven en mi parroquia o viven en África o viven en Asia o en cualquier lugar pobre y descristianizado del mundo universo hoy día y, este grupo de agentes de pastoral no están necesariamente ligados entre sí por ningún compromiso fundacional o comunitario. Les basta su bautismo.
Entonces, puedo hacerme cuatro preguntas sobre el artículo cuarto:
1. “La Evangelización es la vida de la Iglesia” lo dijo Pablo VI. Si soy Iglesia mi vida es la Evangelización. Entonces, ¿Cuál es la novedad del Instituto?
2. Si el 80% de la humanidad está alineada en la pobreza, ¿Cuál es el aporte particular del Instituto para trabajar entre los Pobres?
3. Si el proceso evangelizador hoy día parte sencillamente de la conformación de pequeñísimas comunidades que, desde sus culturas y con los elementos de su propia cultura dinamizan las semillas del Verbo desde siempre presentes en ellas, ¿Por qué el Instituto tiene que gastarse y perpetuarse en Iglesias particulares hasta que éstas tengan toda la macro estructura eclesial? Y,
4. Cuando hablamos de comunión eclesial, estamos hablando del tema central de la eclesiología a principios de milenio y siglo, entonces, ¿Cuál es el aporte en novedad del IMEY a esta comunión eclesial?
El artículo cuarto no me responde a estos cuestionamientos. Por lo mismo no me define la identidad del Instituto. Nos relega a una generalidad de Iglesia, a un común denominador de Pueblo de Dios. Lo que es común y general no define. Exigimos nuestra peculiaridad, nuestra particularidad, un puesto de vanguardia, una energía propia con identidad en la avanzada de la Misión.
Para definir la Identidad del IMEY, pienso, debemos partir del hecho normativo ya en el Código de que somos “Sociedad de vida Apostólica”. Entre estas sociedades hay unas que han nacido para la “Misión Ad Gentes”, cuyo decano es el Instituto de Misiones de Paris. El número de estas Sociedades oscila hoy entre veintidós o veinticuatro (la precisión de este número me puede fallar). Hay otras que han orientado su carisma a la pastoral de conservación o se han dedicado a la enseñanza, como los Eudistas. Por opción, nosotros estamos en el primer grupo.
La RM nos da a entender que La Misión ad gentes es la actividad misionera específica de la Iglesia y que tanto la pastoral de acompañamiento como la nueva evangelización deben estar orientadas a la Misión ad gentes. Esto nos ayudaría a evitar confusiones en la caracterización de nuestra identidad. Somos para la Misión ad gentes y esta vocación la vivimos aún en los campos pastorales de acompañamiento o nueva evangelización orientando todo nuestro dinamismo y creatividad hacia el objetivo último: La Misión ad gentes (Cf. AG 6 y RM 33).
A este propósito insinúo: 1. Nueva redacción de este artículo. 2. Que asumamos la evidencia de que somos “sociedad de vida apostólica” para la Misión ad gentes. 3. Que entendamos la ‘Misión ad gentes’ como lo específico de la Misión de la Iglesia y nuestro propio puesto ahí.
4. El paradigma de Misión HOY
La Misión evoluciona. Hablar de “paganos” e “infieles” hoy dentro de la Iglesia, resulta completamente anacrónico. El concepto de salvación ha sido motivo de discusiones teológicas apasionadas en los últimos años. La mediación de Jesucristo como “único salvador” no es aceptada por muchas religiones. El mismo término de ‘misionero’ es visto con sospecha por quienes lo identifican con proselitismo religioso.
Antes evangelizábamos personas. Pablo VI nos invita a evangelizar culturas. Puebla asume esta opción de la “evangelización de las culturas”. Hay quienes se insertan en medios pobres o en un hábitat cultural determinado sin compromiso alguno de anunciar explícitamente el evangelio. Les basta el testimonio. Sin embargo, Juan Pablo II en la RM nos dice que hoy sigue siendo válido, necesario el anuncio explícito de Jesucristo.
Tres palabras que son tres proyectos evangelizadores, sintetizan el paradigma de Misión hoy: Diálogo, encuentro, interculturalidad. Otros/as hablan de intraculturalidad. Teólogos, misionólogos, antropólogos debaten acaloradamente sobre la prioridad en estos temas. Algunos incluso, sustituyen la inculturación por la interculturalidad. Habría qué decirles que la inculturación es un término teológico y la interculturalidad es término antropológico.
En este mundo tan plural viene muy bien a la Iglesia y, en especial, a la Misión, aquello de “levadura” en la masa. Cuando nuestros misioneros de Malí, de Camboya, o de cualquier otro territorio de Primer Anuncio, tienen que realizar su opción misionera con una población mayoritariamente no católica, tienen que repensar todos los métodos de evangelización que se aprendieron en su tiempo de formación, así sea reciente.
Entonces, bienvenido el diálogo interreligioso, el encuentro con otras culturas, la interculturalidad. Algunos llegan a decir que el único paradigma de la Misión hoy es la interculturalidad. Nuestro problema es quedarnos en centros de formación donde estos temas no tienen ninguna relevancia o se ubican en contextos definitivamente etnocentristas.
Muchos se están preguntando si el principio inspirador de la Misión hoy, sería el vayan por el mundo entero y anuncien el Evangelio (Cf. Mt 28, 19-20), o más bien se fundamentaría en aquello de den respuesta a quienes les pidan razón de su esperanza (Cf. 1Pe 3, 15). Yo uno los dos textos así: Vayan al mundo entero y anuncien el Evangelio de la esperanza…Esta virtud cobra fuerza en este mundo tan desorientado, deshumanizado, desesperado. Nuestra Misión hoy es el servicio de la esperanza. Ministros de esperanza. “Hoy se decide nuestro ser cristinos en el hecho de si somos personas de esperanza” (Anselm Grûn).
Otro signo fundamental en la Misión de la Iglesia para el siglo veintiuno es el Laicado. El Laicado es el protagonista de la Misión en el siglo veintiuno como ya lo insinuaba Juan Pablo II. Nuestro Instituto sigue siendo clerical sobre todo, en su ideología, un tanto excluyente. Hay un miedo institucional a la mujer y una desconfianza a los ministerios laicales. La asociación laical nuestra sigue siendo débil. En este campo del Laicado nos dan ejemplo muchas sociedades de vida apostólica. Siguen a la vanguardia en este campo y nos abren caminos que debemos recorrer nosotros.
Propongo: 1. Que asumamos el riesgo de la Misión como novedad, itinerancia, inserción. 2. Que en el capítulo de Vida apostólica haya espacios para los paradigmas de la Misión hoy y que se tenga en cuenta la participación del Laicado en nuestra vida como Instituto. 3. Que sean las fraternidades las que estudien, asuman y pongan en práctica el diálogo como metodología de la Misión según los diferentes contextos.
5. La vida comunitaria
La Misión no es asunto de Tarzanes. Jesús vino a la tierra y conformó un pequeño grupo, el de los apóstoles que se entendieron a sí mismos como discípulos. Todo el secreto de Jesús está en esto tan simple: La conformación, seguimiento y acompañamiento de los doce como un grupo. Es una comunidad. Y la meta es la comunión. “Que sean uno para que el mundo crea”. “El mundo no necesita maestros, sino testigos”. Esta frase de Pablo VI repetida por Juan Pablo II en la RM, nos plantea la necesidad de hacer la misión en comunidad y desde la comunidad.
Para vivir en comunidad necesitamos realizar un esfuerzo diario por ser cada día más humanos, con nuestros/as hermanos/as y con la gente que nos rodea.
La Misión tiene su origen en la comunión trinitaria. El Padre es el primer misionero al enviar a su Hijo. Jesús nos da su Espíritu. El Espíritu envía a la Iglesia y con Ella a cada uno de nosotros. Los primeros cristianos lo entendieron muy bien: “Miren cómo se aman”. Bien lo expresa nuestro Directorio cuando dice: “La vida comunitaria es el ambiente propio de la vida misionera” (Const. 3.5.1). Juan Pablo II nos dejó una verdadera joya en este campo: “El ministerio ordenado tiene una ‘radical forma comunitaria” (P.D.V. 17).
Tendríamos que vivir nuestra fraternidad como “un don del Espíritu, antes de ser una construcción humana” (Vida fraterna en comunidad, número 8). Es una obra divino-humana. Es el Espíritu quien va entretejiendo nuestros caminos hasta hacernos encontradizos en esta realidad viviente. Pero también somos nosotros quienes debemos poner de nuestra parte para que, de verdad, haya fusión de vida, de corazones.
El Directorio llama a la fraternidad ‘Sacramento de Dios para nosotros” (35.2). En el espíritu de las Constituciones se pide que nuestras fraternidades se conformen no sólo con nuestros hermanos javerianos (Cf. 53.8), sino que debemos compartir esta vivencia comunitaria con cristianos/as y no cristianos/as. Es decir, no contentarnos con una fraternidad ad intra, sino también ad extra (Cf. 35.3). Como letra es un paso gigante. Como práctica es algo muerto y a la espera de resurrección.
Hugo Betti tiene una sentencia preocupante: “No, no es verdad que los hombres se amen. Tampoco es verdad que los hombres se odien. La verdad es que los hombres nos desimportamos los unos a los otros aterradoramente”. No sé cuán castizo sea eso del verbo ‘desimportarse’. Pero lo acuno gozosamente en mis adentros. Creo que un diagnóstico real del IMEY nos lleva a esta afirmación: Nuestro problema comunitario y misionero radica en que nos “desimportamos” los unos a los otros, las misiones de una región a la otra, los centros de formación unos con otros y todos con los centros de animación, etc. ¿Cómo crear solidaridad en el IMEY? ¿Cómo recrear nuestra vida comunitaria? ¿Cómo valorar nuestras fraternidades?
La palabreja ‘fraternidad’ nace en el IMEY en el sexenio 90-96. Al principio parecía un aborto. Pero va tomando vida, respiro, oxigenación. Celebro que en formación la hayan asumido. Un aporte a las Constituciones estará, lo creo firmemente, en la profundización, opción y dinamización de la vida del Instituto en pequeñas fraternidades. El individualismo es enfermedad postmoderna. No podemos dejarnos infectar por este virus pernicioso y anticristiano.
Hemos priorizado en el IMEY el activismo, la multiplicación de centros pastorales atendiendo a compromisos que sacrifican en un todo, la vida comunitaria, permitiendo que haya hermanos nuestros solos. Esto requiere una seria revisión de contratos. Las Constituciones deben ser tajantes en este sentido.
“El camino hacia la fraternidad universal lo realizamos junto a todas las Iglesias, las diversas religiones y todas las personas que trabajan por la paz y la justicia. Formando redes de amor y solidaridad, porque otro mundo, más cuidadoso con la madre Tierra y con la humanidad, es cada día que pasa más necesario y sólo posible si unimos nuestras manos, nuestras mentes y nuestros corazones”.
La solidaridad es, en nuestros días, el nuevo nombre del amor. Sin una entrega y un compromiso real con las personas más débiles, oprimidas y marginadas, nuestra vida y nuestras palabras serían una farsa. Esta solidaridad comienza por casa. ¿Cómo apoyarnos, cómo facilitar en las áreas el intercambio de personal, al menos temporalmente, cómo ayudarnos en mil maneras aunque inéditas todavía? Es la imaginación de la caridad de que habla Juan Pablo II en la NMI (No.50).
En este hábitat específico de vida comunitaria, propongo: 1. Que las Constituciones desarrollen ampliamente el concepto y práctica de la solidaridad en el IMEY. 2. Que prioricen la vida fraterna por encima de cualquier otro criterio pastoral. 3. Que se tenga en cuenta el PVC y el PVP.
6. Nuestra Espiritualidad
Uno de los capítulos más flojos de nuestras actuales Constituciones es sin duda el de la Espiritualidad. Todo lo que hay ahí es para gentes de buena voluntad, o grupos intimistas, o personas que necesitan normas, consejos que les ayuden a superar un tanto la mediocridad. No encuentro ninguna novedad para el IMEY ahí. No sé cómo los maestros de novicios logran realizar el llamado “año de espiritualidad” con este material de primera mano tan pobre y barato.
Jesús es el hombre espiritual por antonomasia y porque espiritual, es humano y porque humano, es libre. Tenemos que partir de una relación honda entre espiritualidad y humanidad. Este es el secreto de la encarnación.
El salmo 23 tiene un versículo que nos ayuda a revisar este capítulo: “Este es el grupo que busca al Señor”. La espiritualidad viene en ayuda de nuestra identidad. Somos ese grupo que busca al Señor o que se ha dejado encontrar por el Señor. Palabras como santidad, mística, gratuidad, alegría, esperanza, radicalidad evangélica, silencio interior, fidelidad, solidaridad y otras más del argot estrictamente misionero, no aparecen en este capítulo. Habría que leer con mayor atención los números comprendidos entre el 87 al 92 de la RM.
La espiritualidad del Santo Fundador la reducen a su bien acreditada “contemplación en acción”. Pero ¿Dónde está el secreto de esa contemplación? La Santa Trinidad apenas se le enuncia a la ligera. ¡Si este es el secreto de nuestra fe, la raíz del anuncio! Nuestra vocación es a la santidad y porque es a la santidad es que somos misioneros. No es a la inversa. La misión no nos hace santos. Es la santidad la que nos lleva a la misión.
Hay algunas afirmaciones que hoy son insostenibles. Por ejemplo el número 31 comienza así: “La encarnación en las culturas nos exige la capacidad de compartir realmente la situación de pobreza a los que somos enviados…” Las culturas no son pobres. Todas las culturas son iguales. No hay pobres o ricas. Nuestra inserción en las culturas es para descubrir ahí las ‘semillas del Verbo’. Se confunde opción por los pobres con opción por las culturas.
Las explicaciones dadas por el Directorio al artículo 4, sobre aquellos ‘pobres’ a quienes somos enviados (4.1, 4.2) son más pobres que los mismos pobres con quienes trabajamos hoy. El espectro de pobreza es hoy profundamente más amplio, complejo y hasta relativo. Valdría una pregunta simple: ¿Qué es más pobre como para que podamos hacer una elección, el grupo étnico Masai o Kibera, el suburbio, champerío o favela más grande de toda África y hasta del mundo? ¿Cuál sería el criterio para elegir como IMEY, entre estos dos extremos? ¿Cuál es el principio hermenéutico, que dicen los filósofos y el lugar teológico, que dicen los teólogos para hacer nuestro discernimiento?
Nuestra espiritualidad no admite parcelas, ni tiempos: Debe encarnarse y abarcar toda nuestra vida. Siempre y en todo momento, debemos ir adquiriendo, con la ayuda de nuestras fraternidades, una nueva forma de ser y actuar más humana, agradecida, gratuita: Más divina.
San Benito, al concluir su regla dice: “Esta pequeña regla es para principiantes. Los que quieran un poquito más, que lean el Evangelio”. El artículo 30 nos dice que las “Constituciones son norma adecuada para vivir el Evangelio…”. Pero este capítulo sobre la espiritualidad del IMEY, que supuestamente sería la expresión genuina de Evangelio, me desubica del contexto espiritual cuando lo reduce a un mero estudio de las mismas Constituciones, (Cf. 30, 1).
La contemplación y la lucha, el silencio y el anuncio, la ternura y la rebeldía profética no son actitudes contrapuestas, sino las dos caras de una misma moneda que debemos llevar a toda nuestra existencia. Tenemos que evitar dualismos en nuestra espiritualidad.
Propongo: 1. Que haya una redacción nueva de todo el capítulo. 2. Que tengamos en cuenta la espiritualidad inserta en un hábitat propio cultural. 3. Que rescatemos aspectos tan significativos como santidad, humanidad, fidelidad, silencio interior, contemplación, mística, pasión por la Misión, fraternidad, opción por el pobre.
7. La formación
Caballito de batalla del IMEY. Cuestionada, vapulada, en cierta manera manipulada, anquilosada, atomizada.
La formación en el IMEY no es algo aislado del contexto universal de la formación en toda la Iglesia. Puedo afirmar categóricamente que la formación constituye, sino el primero, sí uno de los más destacados problemas de la Iglesia de principios de siglo y milenio. Me duele la involución en la formación. Me duele el arribismo de muchos formandos. Juan Pablo II denunciaba en la NMI (No. 43) “el carrerismo” que se da hoy en la Iglesia. Eso comienza desde la formación con el aval de muchos formadores.
No se nos puede ocultar el peligro de “escapismo” a que está avocada la formación en nuestros países. La situación social hoy es dramática. Para qué ocultarlo. Y algunos de nosotros que podemos venir de estratos sociales más empobrecidos, corremos el riesgo de “escamparnos” sub umbra alarum tuarum. Nuestro primer sacerdote africano, en un artículo precioso, ha denunciado estos días, a infiltrados del apartheid, del racismo, del nazismo, del etnocentrismo en algún centro de formación, ya en experiencia pastoral del IMEY.
Esto me dice que la formación no es fácil. Que nuestros formadores están llamados con signo de predilección, a una responsabilidad, la más compleja y riesgosa de la misión hoy en la Iglesia. Pero no podemos por esto, estigmatizar al formador en el IMEY. Es un servicio y hay que prestarlo con generosidad y capacidad de testimonio. Habrá unos con mayores dones y carismas para esta misión y se les debe estimular, apoyar, acompañar.
El problema familiar es profundamente inquietante. Nuestra juventud hoy padece el desafecto, la desunión, la separación, la migración, desajustes emocionales, psíquicos, la fragmentación ideológica, las crisis de todo orden, el desinterés. Son rezagos de la postmodernidad. Hay mucha dificultad en las nuevas generaciones para aceptar la tradición, los principios perennes y fundantes, las raíces históricas, los valores incuestionables, los compromisos definitivos, una vocación ad vitam. Todo es desechable, todo vale si es para el momento presente.
Aquí entran elementos formativos poco aceptados o muy cuestionados en el IMEY. La amistad como principio de acompañamiento, las pequeñas comunidades insertas, la opción de vida con el pobre, en, por, para los pobres. Esto respondería a un estilo de vida que va más allá de nuestras estructuras actuales. Poco a poco se van dando pasos y éstos son los que debemos apoyar hoy en las Constituciones.
La diversificación en la formación es un hecho, hoy, en el Instituto. Establecer los pro y contras ayuda a agilizar los procesos, a definir criterios, dar pautas y salvaguardar la identidad del carisma fundacional. La diversificación no es ningún grito de la moda. Es exigencia de supervivencia. El discipulado se entiende desde la praxis. Sólo una educación bancaria impediría el proceso de la descentralización.
¿A quién formar, cómo formarlo, en dónde, para qué? Hace cincuenta años las respuestas eran facilísimas. Yo diría que hasta hace pocos años no había necesidad de esas preguntas. Todo obedecía a un esquema universal de formación. La disciplina, el reglamento, la obediencia, lo estrictamente formal primaban sobre cualquier otro principio rector, aún con riesgo de sacrificar las personas. Hoy las respuestas son extremadamente complejas. Hemos pasado de lo universal a lo propio, de lo común a lo individual, de lo uniforme a la plural, de lo categórico a lo cuestionable, de lo social a lo personal, de lo absoluto a lo relativo, de lo masivo a lo personalizado, de lo sagrado a lo secularizado. Nada fácil formar en este contexto.
La diversidad no es uniformidad. Es desde la diversidad desde donde construimos la unidad. Estos son los pilares que dan solidez a nuestra formación: 1. Jesucristo. 2. El carisma. 3. El Fundador. 4. Los Patronos. 5. Misión ad gentes. 6. Discipulado. 7. Pobreza evangélica.
A esto hay que añadir los siguientes criterios: 1. Formación inserta. 2. Espiritualidad propia inculturada. 3. La comunión eclesial. 4. La fraternidad. 5. La formación específicamente misionológica. 6. Proyecto personal y comunitario de vida. 7. Formación permanente.
Un Directorio de formación único para el IMEY se me hace cuestionable. Lo vería útil si fuera una síntesis para formadores y formandos en donde encontraran los principios básicos, comunes, propios, fundantes de la formación en el Instituto. ¿Para qué, entonces, son las Constituciones y el Directorio? Con esta guía basta y que se dé rienda suelta a la creatividad en cada fraternidad formativa del IMEY con la dirección de los Consejos General y Regional.
La formación en el IMEY es responsabilidad directa del Consejo Central. Pero también lo es de todos y cada uno de los javerianos. Esta última afirmación me parece importante, aunque en la práctica no se entiende o al menos, no es tan viable. Lo más que puedo en la base es rezar por la formación. Podría ayudar un poco mi testimonio si es que éste es legible, auténtico, significante para las generaciones que vienen atrás.
En este capítulo propongo: 1. Que se acepte de una vez por todas la diversificación en la formación. 2. Que cada fraternidad tenga un amplio espacio de libertad para programar su vida de formación de acuerdo a culturas, contextos, responsabilidades, proyectos de vida comunitaria, compromisos de estudio y de pastoral. 3. Que se defina la formación permanente con etapas y planes para el caso.
8. El Servicio de Gobierno
San Agustín lo llama: “Amoris officium”. Y un texto medieval de vida religiosa lo interpretaba así: “El oficio y animador del grupo no es de potestad, sino de caridad; no de honor, sino de trabajo; no de mando, sino de servicio”.
La gran pregunta a este respecto en el IMEY es ¿Cómo conjugar gobierno y servicio? O ¿Cómo convertir el rol del gobierno en auténtico servicio? Hay voces en el IMEY que hablan de desgobierno. Otras voces suben de tono y hablan de autoritarismo. ¿Dónde está el equilibrio, o quién puede ser el equilibrista? En el fondo la pregunta es: ¿Cuál es el Superior perfecto? No nos engañemos. De esto no hay. Tenemos que aceptar nuestras propias limitaciones, debilidades, preferencias, círculos de poder. Aquí no hay excepciones. Es el barro de nuestra condición humana.
Hoy se dan algunas pistas en este campo:
1. Una inyección de humanidad para quienes aceptan el servicio de gobierno. No les pedimos ningún pergamino a quienes son elegidos, fuera del ser “expertos en humanidad”. Ese título es necesario, ‘sine qua non’, para la validez de su nombramiento y más, para el ejercicio de su cargo.
2. Capacidad de escucha. Un injerto de orejas de elefante con antenas por todo el cuerpo y una especial en el corazón. Escuchar no para ratificar las propias razones, sino para valorar las ajenas. Los otros también pueden tener razón. Para eso es el discernimiento.
3. Don de la acogida. Esto parte desde la mirada. Por algo la anáfora tercera de los niños reza así: “Haz que nos miremos”. La buena acogida dice que el otro es importante. Darle acogida al hermano produce un efecto multiplicador de relaciones humanas.
4. La comunicación. Los antiguos nos decían que nuestros superiores representan a Dios. Ese acto de fe lo hacemos también hoy con inmenso cariño. Pero nuestro Dios es comunicación, palabra, diálogo. Se hace oír, está presente, anima a su pueblo, lo libera, lo estimula, lo valora, lo perdona, hace fiesta con el encontradizo que se había extraviado… son elementos de la comunicación válidos para superiores.
5. Gestor, aglutinador, ministro de la comunión en el Instituto. La comunión no se hace por decreto. La comunión es identidad, solidaridad, vivencia, fuerza, imagen, proyección, espiritualidad. La comunión es sacramento. Los sacramentos requieren un ministro. Los superiores son los ministros de la comunión. Esta comunión requiere de un espíritu de convocatoria, de gestión, de ritmo, de vitalidad. No porque estemos juntos estamos en comunión. Este espíritu lo define el ‘amor’.
Uno de los temas más novedosos en las Constituciones debe ser el de las áreas. Sería bueno definir sus características, atribuciones, prerrogativas, funciones, ámbitos. Revisar los roles del delegado del Consejo para las llamadas ‘áreas’. La sugerencia es que este delegado puede ser o un miembro del mismo Consejo u otra persona elegida entre quienes laboran en las áreas. Definir sus funciones.
La dinámica de las Asambleas Consultivas es cada vez más cuestionada. Se trata de una sola asamblea durante un período de gobierno. ¿Por qué no darle mayor cobertura, mayor espacio, más participación? ¿Por qué no establecer puentes entre la asamblea consultiva y la Asamblea general siguiente? Esto se lograría con comisiones de trabajo, con grupos de estudio. La sensación es que las asambleas consultivas terminan donde comienzan. Se realizan y mueren. En el Instituto hay muchos run-runes. ¿Quién apaga esto? ¿Quién escucha estos clamores? Hay que establecer mecanismos que ayuden al desahogo institucional, ambientes de escucha, de conversación.
Para la elección de los consejos regionales hay un sin número de requisitos que en la práctica resultan obsoletos. Si es la región quien elige a sus consejos, ¿Por qué no darle la libertad para estos menesteres?
Propongo: 1. Definir la organización, atribuciones, dirección y responsabilidades en las áreas. 2. Crear en el IMEY un espacio de conversación, diálogo, comunicación que estudie y asuma la problemática que padece el IMEY en cada momento, sobre todo, entre la Asamblea Consultiva y la Asamblea General, de modo que podamos tener interlocutores, hábitat para la escucha y evitar así, la acumulación de run-runes que nos destruyen. 3. Darle a las Asambleas Consultivas mayor espacio, representatividad y cierta espontaneidad que las haga flexibles, audibles y creíbles.
9. El papel de las Sociedades de Vida Apostólica
¿Es verdad que nos identificamos como “Sociedad de vida apostólica? Esto habría que tomarlo más en serio. Somos parte del “Misal” (por sus siglas en inglés). Esto no es un libro o folleto para celebrar la Santa Misa. Es el organismo que aglutina a los Institutos misioneros de vida apostólica. Algunos de nuestros superiores generales han sido elegidos como presidentes de este organismo a nivel continental e intercontinental.
Hay una mística común que nos identifica. El horizonte es el mismo: El primer anuncio, la Misión ad gentes. Esto nos dice que no somos una isla. Dentro de la Iglesia nos ubicamos en el contingente de primera fila, de avanzada, protagonistas, no meros espectadores y menos, en la retaguardia.
En este organismo se han generado iniciativas valiosas de asociación, colaboración, apoyo que nos plantean compromisos serios. Desde nuestro ser ‘latino’ tenemos mucho que aportarles y ellos así lo esperan. Han admirado entre nosotros la disponibilidad, la cercanía al pueblo, nuestra pobreza, nuestra vida comunitaria, nuestra vida de oración.
Pero nos critican la inestabilidad del personal, la falta de seriedad en los compromisos, el activismo, nuestras imprudencias provincianas. Muchos de nuestros misioneros han tenido el don de lenguas. Ellos valoran esta facilidad, aunque no todo en este campo es color de rosa.
Algo en las Constituciones debería aparecer sobre esta realidad. Hemos sido beneficiarios de esta organización. Nos han ayudado demasiado. Con ayuda de algunos de estos institutos hemos salido al África y al Asia. Nos han ayudado en estudios y en varios otros proyectos. Pero el gran aporte es sin duda, la definición de nuestro Instituto por la Misión ad gentes.
Uno de los frentes de trabajo de los institutos misioneros es la Animación misionera de las Iglesias particulares. Así lo define la RM en el número 83. Esta animación misionera podemos hacerla en cualquier lugar del mundo sin bajar de categoría en el Instituto.
En el IMEY no hay misioneros de segunda o de tercera clase. Olvidémoslo. Lo que falta es formación misionológica. Si hablamos de segunda o tercera clase para quienes ejercen el ministerio de la Misión en Colombia, habría que meter en un mismo saco al Consejo General, a nuestros prelados, a nuestros ancestros, nuestras jurisdicciones, la misma formación, nuestra casa Madre. La Misión nos hace gentes de primera clase no importa el lugar donde estemos. Lo novedoso aquí es la visión acompañada de la opción. Tenemos que hacer más misioneras a nuestras jurisdicciones. Tenemos que animar misioneramente a Colombia y los países en donde trabajamos.
En este campo sugiero: 1. Aprovechar el espacio que se tiene en este organismo del “Misal”. 2. Ampliar las Asociaciones con las diferentes Sociedades de vida apostólica en nuestros centros de Misión. 3. Intercambio de personal que nos ayudaría muchísimo en nuestra experiencia pastoral
10. “El propio” del IMEY
“Este pequeño rebaño” tiene sus notas propias, sus raíces, su historia, sus ancestros, su sabor propio, “un no sé qué que nos identifica”. Hablar del ‘javeriano’ conlleva un cierto estilo, capacidad de inserción, modales propios del pueblo, un lenguaje simple, una manera bastante descomplicada, no pocas veces ininteligible e inaceptable en algunos estratos sociales y eclesiásticos
El javeriano es alegre, acogedor, listo, fácil en el trato, con empatía para la amistad, extrovertido en la mayoría de los casos, comunicativo, un tanto inquieto en su actuar pastoral, intuitivo en la vivencia cultural. El canon 731,1 propone que todo se debe vivir “según un estilo propio”. Tenemos que apuntar a un cierto patrimonio nuestro.
Son rasgos que nos caracterizan y que en cierta manera nos dan entrada a ‘areópagos’ complejos.
Precisamos de una mística muy profunda para vivir cada día con más sencillez, con alegría y felicidad más intensas. Las bienaventuranzas y los/as empobrecidos/as nos lo ofrecen y nos lo exigen.
Propongo: 1. Hacer seguimiento a ciertos casos concretos en nuestro historial javeriano, tales como, un Gerardo Valencia Cano, Luis Eduardo García, José de Jesús Ríos, el Hermano Antonio Rendón, Francisco Javier Gil, Octavio Hernández, Oscar Cadavid. Esto hablando de los muertos entre los cuales, alguien puede tener otras preferencias. Entre los vivos me gustaría publicitar a un Abrahán Builes, a Apolinar Cuartas, al Hermano Gómez, a Darío Cardona, a Manuel Elorza, a Juan Manuel Cruz, un Omer Giraldo. Estos personajes son más públicos. Hay otros más privaditos cuyos nombres prefiero que sigan escritos en el Libro de la Vida.
2. Recuperar nuestra historia. Porque la ignoramos queremos repetirla. El presente tiene sabor cuando va condimentado con las raíces.
3. Darle importancia a este toquecito propio del ser javeriano. Profundizar en este “propio” nuestro desde la formación y más, en cada fraternidad.
Conclusión
No estoy capacitado para decir al IMEY cómo deberían ser las Constituciones actualizadas. Ni siquiera me las imagino. Lo que he ido diciendo es como una intuición, un acto de amor a mi Instituto, con una inquietud muy sentida en mi conciencia, de que podemos hacer algo nuevo que nos ayude a vivir en interioridad, en compromiso, en fraternidad nuestra vocación misionera ante los retos de humanidad de este principio de siglo.
Me gustarían:
Unas Constituciones con espíritu. No sólo letra, normas, disposiciones, disciplina.
Unas Constituciones con enjundia misionera de Primer Anuncio
Unas Constituciones con Espiritualidad contemplativa y mística de santidad
Unas Constituciones donde aparezca lo plural en el IMEY y desde el IMEY.
Unas Constituciones donde los pobres sean el principio inspirador de nuestra identidad y no sólo los beneficiarios de nuestra opción.
Unas Constituciones donde el estilo de vida fraterno se privilegie por encima de activismos o compromisos que desarticulan fraternidades.
Unas Constituciones que lancen al IMEY en pequeñas fraternidades insertas que proclamen el Evangelio más con el testimonio que con prácticas pastorales.
Unas Constituciones que definan el estilo IMEY por la pequeñez, la simplicidad y la alegría.
Unas Constituciones que conviertan la formación en una tarea agradable aunque exigente, permanente aunque respetando etapas, actualizada aunque sin perder las raíces.
Unas Constituciones que abran espacios a la animación misionera en las Iglesias particulares con la convicción de hacerlas misioneras.
Unas Constituciones donde el principio ‘fidelidad’ se enraíce en el silencio de María, en la “Infancia espiritual” de Teresita, en el celo de Francisco Javier y en la pasión ardorosa de santidad del Fundador.
Cochabamba 03.03.07
jesús e. osorno g. mxy
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