7 de diciembre de 2005
AD GENTES: CUARENTA AÑO
jesús e. osorno g. mxy
Introducción
El Concilio Vaticano Segundo (11 de Octubre de 1962 a 8 de Diciembre de 1965), convocado por el Papa Juan XXIII, ha sido sin duda, el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX. “Es, según expresión de Karl Rathner, la primera vez en la historia de la Iglesia que Ella se siente de verdad universal”. La sangre que fluye por las venas de este evento, se llama Misión. La Iglesia tiende manteles y convoca a todos los pueblos, razas, culturas en un “nuevo Pentecostés”. Apertura, diversidad, diálogo, respeto, comprensión, estímulo, esperanza son los nuevos sacramentales que animan la andadura del Pueblo de Dios.
Fue el Vaticano II quien rescató la identidad misionera de la Iglesia. Hasta Constantino , la Iglesia no tuvo que preguntarse sobre su identidad. Todos/as los /as bautizados/as entendían su opción-vocación a la Misión. Cada Iglesia , llámese Éfeso, Antioquia, Tesalónica, etc., enviaban misioneros/as. A principios del siglo cuarto, este proceso sufre una parálisis que, con rarísimas excepciones, afecta a toda la cristiandad. Se abre un paréntesis histórico-misional en donde se delega la tarea de la Evangelización a otras instituciones, a los religiosos, a los institutos misioneros, dejando a un lado a las Iglesias particulares. Este paréntesis se rompe con el Vaticano II.
El día 7 de Diciembre de 1965, el Concilio Vaticano II publicaba el decreto Ad Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia. Este documento se encuadra en el contexto de todos los demás documentos conciliares. La idea principal, de profundo significado y trascendencia misionera, que puede armonizar todos los documentos, es la de “Iglesia sacramento”, que en su dimensión misionera Ad Gentes se completa así: “Iglesia sacramento universal de salvación” (LG 48; AG 1).
El Decreto Ad Gentes aprovecha la rica herencia de las Encíclicas misioneras de Benedicto XV, Pío XI, Pío XII y Juan XXIII. Pero a la vez que bebe en este pozo del Magisterio, da nuevos pasos que responden a los desafíos del momento para una Evangelización del hombre y de la mujer en su situación real en un mundo tan complejo y secularizado. Así mismo, Ad Gentes recoge los aportes de los demás documentos conciliares en el campo de la Misión, sobre todo, de Lumen Gentium, Gaudium et Spes, Nostra Aetate y Dignitatis Humanae.
Nada hay dentro de la vida eclesial tan dinámico y renovador como la Misión. “La Misión renueva a la Iglesia” (RM 2). Los momentos de crisis de nuestra Iglesia responden a aquellas situaciones en que la Misión ha quedado entre bambalinas. Por lo tanto, el proceso que se inicia con el Decreto Ad Gentes, no para ahí. Es el documento del Vaticano II que más ha evolucionado, que más debates ha suscitado, que más cuestionamientos críticos ha enfrentado, que más iniciativas ha generado y que más aportaciones prácticas ha puesto en marcha. Creo que es la opción más revolucionaria del Vaticano II. Es el fruto maduro del Concilio.
No se nos oculta que los debates teológicos en la época del Concilio eran todavía muy jóvenes. Las discusiones han ido en crecida. Tanto en el campo protestante como en el católico. Las diversas escuelas han ido tomando posiciones. Nuevos escenarios, nuevos interlocutores, nuevos protagonistas, nuevas tesis, nuevos contextos, nuevas declaraciones, nuevos documentos han ido apareciendo cada uno dando su aporte, diciendo su palabra, cuestionando, avanzando. Ad Gentes es punto de llegada y punto de partida. No da la última palabra, pero invita a pronunciar nuevas realidades. A crear, a imaginar, a contextualizar nuevos escenarios. Esa es la Misión. El decreto conciliar sigue siendo la base de toda la reflexión teológica actual sobre la Misión.
La Misión de la Iglesia es la misma Misión de Cristo, que deriva de la Trinidad y de los planes salvíficos del Padre y que se realiza bajo la acción del Espíritu Santo. Tiene pues, dimensión trinitaria, cristólógica, pneumatológica y eclesiológica. “La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera” (AG 2; LG 2). Rescatar esta novedad de la identidad de la Iglesia es el principio renovador, transformante que nos da el decreto Ad Gentes. En cuanto al objetivo de la primera Evangelización , el decreto armoniza dos corrientes teológicas anteriores: Implantar la Iglesia y propagar la fe y la salvación en Cristo Jesús. Después de cuarenta años, mucho se ha avanzado sobre esta temática.
Quiero analizar cinco temas que el decreto Ad Gentes o propone o insinúa. Son temas que tienen que ver con nuestra praxis actual en la pastoral de la Iglesia. Lo importante acá es que la Misión centra toda la pastoral de la Iglesia, la dinamiza, la transforma, la renueva. Abre nuevos horizontes. Invita a la creatividad. Convoca y aglutina a todo el Pueblo de Dios. Escucha todas la voces. Sienta a la misma mesa todos los credos, todas las cosmovisiones. Toda la humanidad tiene su puesto ahí como la gran familia universal convocada en mil formas a la salvación en su realización plena y auténtica.
1. Iglesia particular.
El gran descubrimiento del Vaticano II ha sido la Iglesia particular. Y más, la Iglesia Particular como sujeto de la Misión Ad Gentes. Karl Rathner, analizando los rasgos del “nuevo rostro de la Iglesia” surgido del Concilio, destacaba la preponderancia de la idea de iglesia particular como expresión de la vida y la reflexión sobre la Iglesia. “Todo compromiso misionero, si quiere ser radical, arrancará de la ‘centralidad' de la Iglesia particular. Esto define el futuro de la Iglesia, proclamado así por el Vaticano II”.
La catolicidad de la Iglesia se define, se expresa, se enriquece a partir de la particularidad de sus instancias, del contexto en donde se ubican cada una de sus comunidades – Iglesias particulares – con “su disciplina propia, uso litúrgico propio, patrimonio teológico y espiritual propio” (LG 23).
La Iglesia particular no es en primer lugar, una entidad geográfica y topográfica, sino antropológica, morfológica, cultural y, por tanto, jurídica y teológica... El elemento decisivo ya no es el lugar concreto, sino las mujeres y los hombres concretos con su historia, su presente y futuro, su cultura, su nacionalidad, que celebran juntos la Eucaristía, que entretejen el colorido multiforme de sus diferencias en la comunión como testimonio evangelizador.
La reflexión sobre la aportación de las Iglesias particulares como tales a la Misión universal, se inicia con Pío XII en su encíclica Fidei Donum, que tiene dos puntos que desarrollarán ampliamente el Decreto Ad Gentes y la encíclica de Juan Pablo II, Redemptoris Missio. Dice Pío XII que el soplo misionero ha de animar el conjunto de las diócesis, y que ello será una prenda de renovación espiritual (FD 15).
El Decreto Ad Gentes, sobre este particular dice: “La gracia de la renovación en las comunidades no puede crecer si no dilata cada uno de los espacios de la caridad hasta los últimos confines de la tierra y no siente por los que están lejos una preocupación similar a la que siente por sus propios miembros” (AG 37). Y Juan Pablo II afirma que la Misión “refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones; ¡la fe se fortalece dándola!” (RM 2).
“No puede delinearse hoy una imagen de Iglesia como un apéndice misionero, temporáneo y marginal, sino que la misión Ad Gentes ha de ubicarse en el corazón mismo de una eclesiología dinámica”.
El Concilio nos dio una definición de Iglesia particular que incluye su dimensión misionera: En la Iglesia particular “está y actúa” (inest et operatur: CD 11) la única Iglesia católica. Ahora bien, ésta es por su naturaleza misionera. La Iglesia particular no puede desgajarse de la Iglesia universal – que la actualiza o encarna en un grupo determinado – so pena de perder su condición de Iglesia católica. De esta reflexión se sigue fácilmente la exigencia misionera de la Iglesia particular.
La Iglesia universal tiene que concebirse como una comunión de Iglesias locales. La Iglesia tiene su origen en la comunidad local. Cada Iglesia local es la realización, la concreción de la Iglesia universal en un lugar particular. Cada Iglesia es, pues, a la vez local y universal. Iglesia local e Iglesia universal, dos dimensiones que se apoyan mutuamente, una vive en la otra, pero que se proyectan, cada una a su modo, hacia aquello que las ha generado: La Misión. Y hacia aquello para lo cual fueron generadas: La misma Misión.
El Decreto Ad Gentes dice: “Como la Iglesia particular está obligada a representar del modo más perfecto posible a la Iglesia universal, debe conocer cabalmente que también ella ha sido enviada a quines no creen en Cristo y viven con ella en el mismo territorio, para serles de señal de orientación hacia Cristo con el testimonio de la vida de cada fiel y de toda la comunidad” (AG 20).
La RM se ocupa ampliamente de esto. El Papa pide valentía para sacrificarse por la Misión universal (RM 30) y afirma que “toda la Iglesia y cada Iglesia es enviada a las gentes (RM 62). Advierte que hay una tentación a cerrarse al propio entorno a causa de los graves problemas de nuestro tiempo ( RM 85 ). Presenta a las Iglesia bíblicas de Jerusalén y Antioquia como modelos de Iglesia misionera donde la Misión era sentida como “responsabilidad de la Iglesia local” (RM 27).
Más cerca de nosotros, Puebla es en nuestro Continente la voz profética que a da un toquecito de gracia a nuestras Iglesia particulares, invitándolas a “anunciar y promover los valores evangélicos de la comunión y de la participación” (DP 15), “dando desde su pobreza”, “intensificando los servicios mutuos entre Iglesias particulares” para “proyectarse más allá de sus propias fronteras Ad Gentes” (DP 368).
La Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos, en la “Guía pastoral para los sacerdotes diocesanos” que dependen de dicha Congregación (No. 4), dice: “La comunión de las Iglesias particulares con la Iglesia universal llega a su perfección sólo cuando éstas también toman parte en el esfuerzo misional en pro de los no cristianos en su territorio, y también en aquél que se realiza para con otras naciones”.
El Decreto Ad Gentes del Vaticano II, nos propone en síntesis estos tres aspectos:
Se insiste en el carácter concreto, es decir, la inserción en la propia cultura y tradiciones como culminación de un envío que tiende a entrar en comunión con los valores de la propia región o país.
Se pide que el obispo y sacerdotes (ministros de la unidad) vivan en comunión (“al unísono”, “íntima comunión”) con toda la Iglesia.
Como la Iglesia particular debe representar lo mejor posible a la Iglesia universal (es decir, comunión) conozca bien que ha sido también enviada a los no-cristianos que viven en la propia región, para que con el testimonio de la vida de cada uno de los fieles y de toda la comunidad, sea señal que les muestre también a Cristo. Participe activamente en la Misión universal de la Iglesia, enviando misioneros que anuncien el Evangelio por toda la tierra (AG 19 y 20).
2. La Misión Ad Gentes
El Decreto Ad Gentes pasó por un largo vía-crucis en las cuatro etapas del Concilio. Fue uno de los tres últimos documentos promulgados por el Santo Padre Paulo VI el siete de Diciembre de 1965, vísperas de la clausura del Concilio después de haber obtenido la más alta votación de todas las realizadas en el aula conciliar. Tuvo ocho redacciones. El mismo nombre del decreto fue causa de serias discusiones. Al fin se acordó bautizarlo con el nombre de “la actividad misionera de la Iglesia” y conocido por las dos primeras palabras del texto latino: “Ad Gentes”. Este término ha ayudado a consolidar el concepto de Misión Ad gentes.
Hablar de la actividad misionera de la Iglesia no es un tema fácil. El calificativo de “misionera” dado a una actividad concreta nos estaría insinuando ya otras actividades dentro de la misma Iglesia. Al menos hay ese peligro de entenderlo así. La pregunta que se hacen los expertos es ésta: “¿Ha supuesto el Concilio una verdadera revolución, un verdadero cambio total en el modo de entender la Misión?” Esto da pie a otros y variados interrogantes: “El objetivo de la Misión, ¿Era la evangelización/conversión de los pueblos o la plantatio ecclesiae ? ¿ O era missio Dei , como se comenzaba a sostener? ¿Cómo articular la Misión general de la Iglesia y la Misión Ad Gentes ? Esto entre un sin número de interrogantes más...
El Decreto Ad Gentes define la actividad misionera como “la manifestación del propósito de Dios o epifanía y su realización en el mundo y en la historia, en la que Dios , por medio de la Misión, perfecciona abiertamente la historia de la salvación” (AG 9). Así mismo delimita el “fin propio de la actividad misionera como la evangelización y la plantación de la Iglesia en los pueblos o grupos humanos en los cuales no ha arraigado todavía” (AG 6).
Estos conceptos han evolucionado mucho en estos cuarenta años. Prácticamente ya no se habla de la ‘ plantatio ecclesiae '. Juan Pablo II presenta la tarea misional con un precioso tríptico: “Anuncio de Jesús y su Evangelio, construcción de la Iglesia local y promoción de los valores (o bienes) del Reino” (RM 34). Pablo VI, arrancando de la actuación de Jesús en su paso visible por este mundo (EN 4), llega al concepto de liberación integral (EN 29). El mismo Pablo VI nos habla de Evangelización, comprendiendo una acción y su contenido, para definir: La Evangelización es “la Misión esencial de la Iglesia” (EN 14). Y Juan Pablo II va a concluir: “ La Misión Ad Gentes es la específica Misión de la Iglesia” (RM 32), “tarea primordial de la Iglesia”, “responsabilidad más específicamente misionera que Jesús le ha confiado”, la que realiza el significado fundamental y la actuación ejemplar de la dimensión misionera de la Iglesia (RM 34).
Juan Pablo II distingue cuidadosamente la Misión Ad Gentes de la pastoral que llamamos de acompañamiento o de conservación y de la nueva evangelización. Advierte sobre la dificultad práctica de definir los límites de los tres aspectos de la gran Misión , entre los cuales “no es pensable crear barreras o recintos estancados” (RM 34); cada uno influye en los otros, estimulándolos y ayudándolos. Sin embargo, afirma que las diferencias dentro de la Misión total de la Iglesia sólo nacen de las “diversas circunstancias en las que ésta se desarrolla” (RM 33, cf. AG 6).
Hoy se da una gran discusión entre los teólogos sobre el fin específico de la Misión Ad Gentes. No entramos en esta discusión por aspectos prácticos. Su significado se remonta a San Pablo, quien, tomándola de la terminología del pueblo judío (gentiles eran los que no se integraban en el pueblo de Dios) lo adopta a la nueva situación, al aplicarlo a quienes no están en la Iglesia. Por eso Juan Pablo II la define así: “Es la actividad misionera de la Iglesia que se dirige a pueblos, grupos humanos, contextos socio-culturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos” (RM 33).
“ La Misión Ad Gentes va mucho más allá de las fronteras cristianas. Ella sabe que el Espíritu sopla donde quiere. Que ha llenado la faz de la tierra. Que se encuentra en acción en el corazón de todo pueblo. Por ello, la pastoral que se ajusta a la Misión Ad Gentes no se convierte en un servicio exclusivo a la comunidad cristiana”. Toda pastoral en la Iglesia, toda, es, tiene que serlo, misionera o no pertenece a la Iglesia. Esto nos exige orientar toda la pastoral hacia la Misión Ad Gentes : Apoyando desde nuestro puesto de trabajo, desde la más mínima acción o presencia el servicio misionero Ad Gentes. La pastoral de conservación y la nueva evangelización, para que sean acción de la Iglesia, deben estar en sintonía plena con la Misión Ad Gentes (Cf. RM 33 y 34).
Santo Domingo nos había advertido ya que “la conciencia misionera Ad Gentes es todavía insuficiente o débil” (SD 125). América Latina tiene una grave responsabilidad en la Misión Ad Gentes. Hemos recibido tanto y estamos dando tan poco. Nuestros/as misioneros/as Ad Gentes representan un mínimo porcentaje en relación al número de nuestros/as bautizados/as.
La síntesis de este acápite la tomo de Juan Pablo II: “ La Misión Ad Gentes es la actividad primaria de la Iglesia, esencial, y nunca concluida... la responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia” (RM 31). “Sin Ella, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su significado fundamental, de su actuación fundamental y de su actuación ejemplar” (RM 34).
3. El Diálogo
Es curioso cómo Ad Gentes usa la palabra ‘diálogo' sólo cuatro veces. Lo hace para indicar que los discípulos de Cristo “deben conocer a los hombres entre los que viven y conversar con ellos para advertir en diálogo sincero y paciente las riquezas que Dios, generoso, ha distribuido a las gentes...” (AG 11). El clero local, ha de “prepararse convenientemente para el diálogo fraterno con los no cristianos” (AG 16). Los Institutos de misionología han de contribuir a los diálogos con las religiones y las culturas (AG 34) y finalmente, elogia a los seglares estudiosos que “ayudan a los predicadores del Evangelio y preparan el diálogo con los no cristianos” (AG 41).
Advertimos cómo dos números nos hablan del dialogo con los no cristianos. Un número abre el periplo del diálogo a las religiones y culturas. Y el otro número pareciera intuir el descubrimiento de las “semillas del Verbo” en las ‘gentes' cuando habla de advertir las riquezas que el Dios generoso ha distribuido desde siempre.
Hoy, “el diálogo interreligioso forma parte de la Misión evangelizadora de la Iglesia” (RM 55). “La razón fundamental del empeño de la Iglesia en el diálogo no es meramente de naturaleza antropológica, sino principalmente teológica. Dios, en un diálogo que dura a los largo de los siglos, ha ofrecido y sigue ofreciendo la salvación a la humanidad. Para ser fiel a la iniciativa divina, la Iglesia debe entrar en diálogo de salvación con todos” (Diálogo y Anuncio 38). El Papa Juan Pablo II dirigiéndose a los participantes a la Asamblea plenaria del Pontificio Consejo para el diálogo interreligioso en 1984, afirmaba: “El diálogo se inserta en la Misión salvadora de la Iglesia y, por esta razón, se trata de un diálogo de salvación”.
La aceptación del diálogo con las culturas y las religiones como una dimensión de la Misión es reciente dentro de la Iglesia y apenas vamos deslumbrando sus implicaciones.
Cuando hablamos de diálogo tocamos dos aspectos hoy, cruciales: 1. Los destinatarios de la Misión y su salvación. 2. El rol de las religiones no cristianas y el acontecimiento Cristo como único salvador. La Iglesia nos recuerda las verdades indiscutibles de la destinación universal de la salvación obrada por Jesús y de la posibilidad de salvación concreta que Dios – al modo que sólo Él sabe – ofrece a cada uno (RM 6). A este respecto es importante la cita de Gaudium et Spes: “El Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien al misterio pascual” (GS 22).
Juan Pablo II, al invitar a los jefes de otras religiones a orar por la paz, implícitamente aceptó la legitimidad de las demás religiones. Ya en la RM de una manera explícita nos dice que el Espíritu Santo actúa en el corazón del hombre, “incluso en las iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la actividad humana encaminada a la verdad, al bien y a Dios”. “La presencia y la actividad del Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los pueblos, a las culturas y a las religiones” (RM 28).
Más adelante completa la idea uniéndola a la de la acción universal del Espíritu en la Iglesia: “ Es siempre el Espíritu quien actúa, ya sea cuando vivifica la Iglesia y la impulsa a anunciar a Cristo, ya sea cuando siembra y desarrolla sus dones en todos los hombres y pueblos, guiando a la Iglesia a descubrirlos, promoverlos y recibirlos mediante el diálogo” (RM 29).
Ningún continente tiene la exclusiva de la Iglesia de Jesús. La cuna de la cristiandad podrá ser el Mediterráneo, pero la cuna del cristianismo es el corazón mismo de Jesucristo. No hay una cultura más connatural a la Iglesia que otra cultura. No hay culturas cristianas o anticristianas por naturaleza. El Espíritu de verdad y de vida, que es el alma de la Iglesia, adopta, y se adopta al don y a las exigencias del Reino de Dios, todas las culturas y todas las personas. La Misión de la Iglesia es, pues, facilitar el contacto entre el Espíritu de Jesús que se difunde mediante el Evangelio y estas culturas.
“El diálogo es un proceso de tres caras, y la revelación de Dios llega a las personas de tres maneras: 1. La manifestación de Dios en la tradición religiosa que han recibido de sus antepasados. 2. La manifestación de Dios en Jesús, que les transmitimos. Y 3. Su manifestación (a ellos y a nosotros) aquí y ahora a través de los signos de los tiempos, en particular a través de los pobres y oprimidos” (M. Amaladoss, “El Evangelio al encuentro de las culturas, mensajero 1998, p. 178).
“El verdadero diálogo entre Evangelio y cultura no se lleva a cabo, por tanto, a través del misionero que intenta traducir la Buena Noticia lo mejor que puede en el contexto de una nueva cultura, sino a través de las gentes que escuchan y responden a la Buena Noticia. Y si las personas son verdaderamente libres para recibir esta Buena Noticia y para responder a su manera, entonces el pluralismo, a la vez en la manera de recibirla y en la de responder a ella, sería una realidad” (Idem p. 178 y 179).
El diálogo es la manera práctica de reconocer el pluralismo, de hacerlo posible y de cosechar sus frutos. Lo que es más, aparte de poner a nuestro alcance las riquezas de los demás, el diálogo nos enseña, modela, forma y nos hace mejores haciéndonos más abiertos a los demás, más respetuosos, más atentos, más delicados, más comprensibles y más libres para comunicarnos y más humildes para escuchar y preguntar.
Un diálogo hoy urgente para la Iglesia es el diálogo entre fe y cultura. Pablo VI plantea su urgencia en la EN 20. Juan Pablo II insiste en que “el proceso de encuentro y confrontación con las culturas es una experiencia que la Iglesia ha vivido desde los comienzos de la predicación del Evangelio” (FR 70).
Con motivo de la preparación del Sínodo sobre la Evangelización, celebrado en 1974, los obispos de Asia, reunidos en Taiwán presentaron la Evangelización como la tarea de cada Iglesia local, a la que describieron como: “Una iglesia encarnada en un pueblo, una Iglesia indígena e inculturada. Lo cual significa concretamente una Iglesia en diálogo continuo, humilde y lleno de amor con las tradiciones vivas, las culturas, las religiones. En resumen, con todas las realidades vivas de los pueblos en medio de los que ha echado profundamente sus raíces y cuya historia y vida ha hecho suyas”.
Toda esta mirada antropológica del sentido y objetivo del diálogo, encuentra en la primera encíclica de Pablo VI ES (06.08.64), su fundamento como lugar y categoría teológica. La proposición de un diálogo a tres niveles: El mundo, los hombres que creen en Dios y los que creen en Cristo, debía darse dentro y fuera de la Iglesia católica sin exclusiones. Las relaciones que debía existir entre los interlocutores, como por ejemplo, el dirigirse al hombre con amor y verdad. Un diálogo absolutamente universal, libre y respetuoso de la acción del otro, vienen a constituir una pedagogía dialógica para la Iglesia católica y la teología.
El Pontificio Consejo para el diálogo interreligioso, en su Documento “Diálogo y Anuncio” (19.05.91), dice que “el diálogo contribuirá a purificar las culturas de todos los elementos deshumanizadores y será así un agente de transformación. Ayudará a fomentar los valores culturales tradicionales amenazados por la modernidad y la nivelación que implica la internacionalización indiscriminada” (46).
4. Inculturación
Es un tema apasionante. Reciente en la misionología. Término teológico, cuestionado por la antropología. El mayor desafío de la Iglesia en el siglo XXI. Novedad para nuestra pastoral latinoamericana y exigencia de primer orden en la praxis misionera. Es Juan Pablo II en la CT 53 el primero en introducirla en el magisterio oficial de la Iglesia. El Vaticano II, sin pronunciar todavía su nombre, tiene intuiciones profundas en esta temática en un balbuceo profético y programático. Pablo VI en la EN, al lanzar a la Iglesia a la Evangelización de las culturas, ya la va proponiendo como una metodología necesaria para la pastoral. Y Santo Domingo la define como “un imperativo del seguimiento de Jesús y necesaria para restaurar el rostro desfigurado del mundo” (SD 13; cf. LG 8).
La inculturación es el encuentro entre fe y cultura. Es la fe viva, sin mengua alguna de sus contenidos esenciales, que ha de surgir de la propia tradición de los pueblos “ expresiones originales de vida, de celebración y de pensamiento cristiano” (CT 53). Y son las culturas las que le dan cuerpo, palabra y pensamiento al Evangelio en cada hábitat.
El Vaticano II asume el tema de la cultura en la Gaudium et Spes. Habló de la “cultura”, en singular, como de una promoción del desarrollo humano en general, en lugar de las “culturas” en plural en tanto que estilos de vida de los diferentes pueblos. Describió la cultura como “todo aquello por lo que el hombre afina y desarrolla las múltiples capacidades de su espíritu y de su cuerpo” (GS 53). En lo relativo a los problemas contemporáneos planteados a la fe por la cultura, se limitó a tomar nota de la tensión existente entre modernidad y tradición, del conflicto entre cultura científico- tecnológica y la fe, ya que lleva a la secularización (Cf. GS 56).
Otros documentos hablaron muy poco de la cultura, pero fueron prudentemente positivos respecto a las otras religiones. Se defendió la libertad civil de practicar la religión según la propia conciencia (Cf. DH). Se reconoció en las religiones no cristianas la existencia de elementos “verdaderos y santos” (NA 2). Y la Constitución sobre la Liturgia admitió de forma indirecta el pluralismo cultural (Cf. SC 37).
Pero pienso que es Ad Gentes el documento conciliar que mejor detecta, avizora, propone y llega a definir en cierta manera el proceso de la inculturación. La llama con el término de ‘adaptación' (22). Propone que la Iglesia debe insertarse (10). Y le va diciendo a los cristianos cómo deben hacerlo: 1.Uniéndose a los demás. 2. Sintiéndose miembros del grupo. 3. Tomando parte en la vida social y cultural. 4. Familiarizándose con las tradiciones propias del lugar. 5. Descubriendo las “semillas del Verbo”. 6. Atendiendo a una profunda transformación de la vida del pueblo (11). Hablando de la cultura, Ad Gentes, propone cuatro pasos bien definidos: Sanearla, conservarla, desarrollarla, perfeccionarla en Cristo (21).
Ad Gentes da un gran paso en lo que se refiere a la Iglesia particular. En el número 15 va a decirnos que la comunidad cristiana debe arraigar en el pueblo en donde desarrolla su vida cuotidiana. “La Iglesia no es extraña a la sociedad en donde vive” y debe penetrarla y transformarla (21). Considera el tema teológico a la luz de la Encarnación del Verbo, que aceptó las maneras humanas de vivir sin concesión alguna al pecado, y urge “una profunda adaptación” de toda la vida de fe, lo que dará nuevas tradiciones católicas a asumir en la comunión eclesial (22). Invita a la investigación teológica en cada territorio (22). Urge los compromisos consiguientes a las Iglesias particulares de misiones (15 y16), al clero (16), a los Institutos religiosos, incluso a los de vida contemplativa (18 y 40), a los laicos (11, 20 y 21), a los misioneros que han de ser formados para una evangelización inculturizada (26), a la misma Congregación de la fe, que ha de tener la inculturación en gran estima y obrar en consecuencia (29).
Posteriormente el tema de la inculturación será desarrollado ampliamente por el papa Juan Pablo II. Su carta, Slavorum Apostoli (02.06.85), es considerada la carta magna de la inculturación. Cirilo y Metodio son considerados como modelos en esta metodología misionera: “se prefijaron el cometido de comprender y penetrar la lengua, las costumbres y tradiciones propias de los pueblos eslavos, interpretando fielmente las aspiraciones y valores humanos que en ellos subsistían y se expresaban” (SA 10) en orden a una evangelización plenamente inculturizada.
En la RM, el papa Juan Pablo II considera un fruto importante del Concilio ir logrando “una inserción más profunda de las comunidades cristianas en la vida de los pueblos” (2). Explica que ya los cuatro evangelios testimonian un sano pluralismo, adecuado a situaciones diversas (23). Fija el objetivo de la inculturación en la “íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas” (54).
Hablar de inculturación en el contexto de la evangelización es tomar en serio el pluralismo cultural. Es un requisito previo para la inculturación y también lo es para la evangelización. Las perspectivas contemporáneas sobre la Misión sugieren que Dios entra en contacto con las personas de mil maneras desconocidas para nosotros (Cf. GS 22). No sólo con las personas, sino con los pueblos. El encuentro entre Evangelio y cultura presupone, entonces, el pluralismo. Jesús no sólo proclamó el Reino, sino que también llamó a constituir una comunidad de discípulos que continuaran en el mundo proclamando el Reino desde cada contexto, según la riqueza cultural de los diferentes pueblos. Esta tarea asume hoy un método específico: la Inculturación. Método necesario, urgente, aunque difícil. Ad Gentes nos inició en esta caminada. Nos toca seguir con nuevo ritmo y generoso entusiasmo.
5. Espiritualidad
Ad gentes en el capítulo cuarto, dedica un buen espacio a la “espiritualidad misionera”. La Misión es de Dios. Dios es el primer misionero. Nosotros participamos de esta Misión porque Él lo quiere y, en su designio amoroso, nos llama, nos elige, nos envía. Esto nos lleva a pensar que la espiritualidad es el elemento fundante de la Misión. La Misión es anuncio, es testimonio, es pasión por Jesucristo. Ad Gentes exige para los/as Misioneros/as una “vida realmente evangélica” (AG 24).
Hoy resuenan con mayor fuerza aquellas palabras de los Apóstoles cuando decían a la primera comunidad cristiana: “No parece bien que nosotros abandonemos la Palabra por servir a las mesas” (Hch 6, 2). El llamado hoy es a la interioridad, a la renovación espiritual. En dos números, Ad Gentes lo dice con toda claridad: “Los heraldos del Evangelio han de renovar su espíritu constantemente” (AG 24) y añade: “El Concilio invita a todos a una profunda renovación interior” (AG 35).
Arriba hemos tratado de indicar los aspectos más sobresalientes del decreto Ad Gentes en lo que se refiere a la Iglesia particular, a la Misión Ad Gentes , al diálogo y a la inculturación. Ahora bien, es la espiritualidad la que los canaliza, dinamiza, potencia y unifica, actualizándolos, en el proyecto salvador de Dios.
La Iglesia particular debe tener una espiritualidad propia. Esto es lo que le da identidad. Esta espiritualidad: 1. Tiene un hábitat propio: La cultura, sus elementos propios, sus signos, su cosmovisión, sus procesos de purificación, de transformación. 2. Tiene un contenido: La reflexión teológica que va surgiendo de la misma comunidad y va iluminando toda la caminada. 3. Una praxis concreta: La pastoral diocesana, el plan de pastoral, las diversas redes de comunión y participación, los ministerios, los distintos frentes de trabajo, de solidaridad, de lucha por la justicia. 4. Una liturgia propia, con caracteres propios, celebraciones que toman en cuenta las personas y sus motivaciones más hondas, sus ancestros, su arte, su música, sus rituales, su mitología. Todo esto en comunión con la Iglesia universal.
La Misión Ad Gentes exige una espiritualidad propia, un método propio: Es la contemplación en acción. El/la cristiano/a, que todos y todas somos misioneros/as, debemos ser místicos/as, contemplativos/as. Ya lo habían intuido así varios teólogos como Rathner. Juan Pablo II en la RM define la espiritualidad “como el camino a la santidad” (RM 90). Y más adelante añade: “El misionero ha de ser un ‘contemplativo en acción'. El misionero, si no es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble” (RM 91).
El diálogo es un método oracional. Juan Pablo II lo expresó así con toda claridad: “Asumimos el diálogo como la pedagogía, actitud, método concreto de espiritualidad” (NMI 43). El diálogo tiene su fuente primigenia en Dios. Él es la Palabra. La Palabra es su Hijo y en Él y a través de Él nos habla. Él tiene una mesa: La creación, que más tarde será la mesa eucarística. Hay unos interlocutores: La familia humana. Mecanismo de acción, la Misión. Único tema, el amor. Los testigos de honor, los pobres. La firma definitiva se sella con la cruz. La sangre como signo de entrega, de testimonio es la última palabra de los testigos, de los interlocutores en la mesa común del diálogo.
Finalmente, la inculturación es fuente de espiritualidad. Hoy hablamos de una espiritualidad inserta. La espiritualidad definida según San Pablo, es “vida en el Espíritu” y exige discernimiento y apertura a los cambios del Espíritu. Pues bien, el Espíritu se cernía ya desde los comienzos sobre este universo mundo acompañando y alimentando todas las culturas, todos los pueblos, todas las religiones. “El Espíritu Santo sigue soplando donde quiere y lo llena todo” RM 29 y 56). En el corazón del misionero /a debe haber disponibilidad a la acción del Espíritu: En esa docilidad está el meollo de la espiritualidad misionera (Cf. RM 67, 87 ).
El Espíritu “impulsa al Pueblo de Dios en la historia a discernir los signos de los tiempos y a descubrir en los más profundos anhelos y problemas de los seres humanos, el plan de Dios sobre la vocación del hombre en la construcción de la sociedad para hacerla más humana, justa y fraterna” (DP 1128). La espiritualidad no puede estar al margen o desencarnada de esta situación real en la que viven nuestros pueblos. Más bien nos compromete como testigos martiriales en las mejores causas de liberación integral y de opción radical por Jesús en cada hombre o mujer empobrecidos y excluidos.
Conclusión
Cuarenta años después del decreto Ad Gentes, los desafíos, retos, horizontes, expectativas y visiones de la Misión se han multiplicado de una manera inimaginable. El mundo de la increencia, del indiferentismo, de la globalización, la glocalización, el neoliberalismo, el auge de la ciencia y la tecnología, los excluidos/as, el potencial liberador de los pobres, el llamado ‘tercer mundo', el auge de las culturas y las religiones, el diálogo interreligioso, los medios de comunicación y los cambios acelerados que provocan en la sociedad, en las familias, en los sistemas educativos y en las relaciones a todo nivel, exigen de la Iglesia respuestas nuevas, presencias solidarias y compromisos audaces y valientes.
“La Misión renueva la Iglesia” (RM 2). Cambia los corazones, define las opciones, hace lúcidas nuestras mentes, agiliza la imaginación y las iniciativas, recrea nuestra pastoral, aglutina voluntades, y, como si fuera poco, nos hace “livianos de equipajes” en nuestras estructuras, en nuestro testimonio, en nuestra misma palabra y acción.
Ad Gentes hace cuarenta años le dio oxigenación a nuestra Iglesia en su teología, en su pastoral y en su espiritualidad. Devolvió la Misión Ad Gentes a su sujeto primario que es la Iglesia particular. Tendió manteles para que aprendiéramos a sentarnos en la mesa común del diálogo y nos abrió los ojos, los del espíritu, los de la intuición misionera para que aprendiéramos a descubrir las “semillas del Verbo” en las culturas y el don del Espíritu en las demás religiones.
Pienso que los procesos desatados por Ad Gentes son irreversibles. Nada hay tan dinámico y contagioso como la Misión. Hemos tocado fondo en la mediocridad y pasividad de muchas de nuestras comunidades cristianas. “Es la hora de la Misión”. Lo único que le devolverá credibilidad al mensaje, a la misma Iglesia será el testimonio personal y comunitario expresado en compromisos de auténtica vida cristiana asumida como Misión.
Villazón 22.11.05
Siglas utilizadas:
AG: Ad Gentes
CD: Christus Dominus
CT: Cathechesi Tradendae
DH: Dignitatis Humanae
DP: Documento de Puebla
EN: Evangelii Nuntiandi
ES: Ecclesiam Suam
FD: Fidei Donum
FR: Fides et Ratio
GS: Gaudium et Spes
LG: Lumen Gentium
NMI: Novo Millennio Ineunte
RM: Redemptoris Missio
SA: Slavorum Apostoli
SC: Sacrosantum Concilium
SD: Santo Domingo
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